CONVENTO DE SAN FRANCISCO
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CONVENTO DE SAN FRANCISCO*

El murmullo incesante del agua tras la reja
la imprecisa distancia en la memoria incierta
de un niño en una hora efímera y eterna.
El grito intermitente de un sapo que sestea
entre el húmedo limo que la pared verdea.
El austero muro del convento; la sorpresa
barroca del silencio hecho granito trepa
y quiebra la fachada dormida de la iglesia.
( Dentro -púlpito, altar, humo de incienso y velas-
todo el misterio, intacto aún, acecha).
Las arcadas del claustro cercan la tarde entera,
la callada clausura huele a paz y a madera;
filtran los ventanales la claridad serena
y última del ocaso. Apenas la severa
silueta de algún fraile meditando se aleja.
San Francisco de Asís -sayal de oscura piedra-
con las manos tendidas al hermano Sol reza
y a las aves predica palabras que liberan
cobijado a la sombra de la cruz verdadera.
Lanzas de hierro y bronce las puertas de la verja
de un breve cementerio la humilde paz encierran.
Viejas cruces de forja y cruces de madera
inclinadas, anónimas, vencidas se dispersan
sobre las pobres tumbas cavadas en la tierra.
Centenario un ciprés alza su aguja negra
junto al muro agrietado que tapiza la hiedra.
La soledad se extiende sobre las almas muertas…
Apenas un instante la vida se revela
a los ojos de un niño que mira entre las rejas
y que luego, olvidado, se une a otros que juegan…
La lluvia, interminable, va labrando la piedra
de la exacta materia que la noche le entrega.
Y en el alba siguiente, un poco más entera,
surge, una misma y nueva, la eterna Compostela.
ZARAGOZA
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4 a 13 de junio de 1.988
* Vivencias del autor en ese convento y su entorno ( verjas, campillo, monumento, cementerio…) desde su nacimiento -1.946- hasta que, cumplidos los 5 años -1.951- abandonó la ciudad de Santiago junto a su familia. Había entonces, al pie del muro lateral de contención del camino -hoy calle asfaltada que va en alto a la derecha de la iglesia- un pequeño espacio de terreno cercado con un murete a ras de suelo coronado por una alta verja. Rezumaba agua continuamente del alto muro de contención y todo él y el terreno que cercaba el murete estaban encharcados y cubiertos de “pan de rana” -limo- en el que croaban ranas y sapos que, a veces, cogíamos los críos… Al extremo del ala izquierda del convento, existía -existe aún, creo- un pequeño cementerio cuyas cruces y tumbas yo veía cuando me asomaba a la verja que lo cerraba…















