«Hay mayor alegría en dar que en recibir»
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Caminos de ayudar a los demás
José Francisco Arrondo Vázquez, sj*. Sal Terrae 93 (2005) 817-828
Ofrezco tres pequeñas historias de vida. Cada una ha sido atravesada por la Gracia. Son ejemplos de cómo se puede vivir. Sus protagonistas no sienten que hayan hecho ni que hagan nada especial. Hacen lo que creen que deben hacer. Reconocen que bastante de lo que hacen les surge con sencillez y confianza; también se han esforzado mucho y han integrado la abnegación por el Señor. Aunque a nosotros nos parezca que tienen un gran porcentaje de heroísmo, ellos no lo creen así.
Cuando reconocen las dificultades y los sufrimientos cotidianos, en algunos momentos tremendamente duros y espesos, no se quejan ante el Creador, sino que ruegan la fe –que es acción– y lo esperan todo de Él. Viven de una confianza que ponen cada día, de comienzo en comienzo, al principio de todas las cosas.
Voy a desgranar brevemente algunos pocos detalles de sus historias, para concluir con unas sugerencias y aprendizajes. Puede ser conmovedor intuir lo que hay por debajo, y al fondo, de cada historia. Para ellos es sencillo: Dios mismo, que les ha hecho así, les ha acompañado siempre –aun cuando ellos no lo creían ni palpaban– y les ha concedido darse; ellos no calculaban darse, y se nos dan.
«Poco a poco, descubre que ha sido creado
para ser habitado por otro distinto de él.
En este estar habitado está su renacer diario»
(Hno. Roger de Taizé)
Este primer testigo era sacerdote del clero diocesano. Había decidido vivir con quienes recogían todo tipo de basuras. Durante más de veinte años, en un «barrio» muy marginal del noreste de la ciudad, fue entregándose y desviviéndose. Eligió para vivir una especie de chabola, de las muchas de aquella zona, llamada «bolsa de pobreza»; dentro de ella, lo más mínimo, menos que lo imprescindible.
A muy pocas calles, los jesuitas habíamos puesto el noviciado. Eran los años 1979 y 1980. Ya habíamos contactado con el sacerdote, y empezamos una colaboración sencilla y pequeña en alfabetización de adultos y cuidado de niños. Él estaba muy agradecido por nuestro apoyo (tan limitado). Poco a poco, creció la amistad. Algunos de la comunidad del noviciado fueron a vivir temporadas cortas con él. Recibíamos un bien inmenso.
¡Recordaríamos ahora tantos momentos...! Aquellas Eucaristías de los domingos, aquellos atardeceres y veladas debajo del tanque de agua potable, donde se reunían bastantes hombres, se charlaba de las preocupaciones y de lo ocurrido en el día, se contaba por dónde se pensaba hacer el recorrido durante la noche tirando a mano de los carros (sólo uno tenía un mulo flaco): si habían encontrado suficiente cantidad de cartones, vidrios u otra clase de enseres entre la basura la noche anterior..., si estaban muy cansados y otra vez frustrados por no haber recogido lo suficiente... El sacerdote les animaba; algunas noches salía con ellos, les ayudaba para no caer en la bebida..., acariciaba su dignidad, era un aliento de esperanza.
Aquel «barrio» de chabolas, algunas sólo de cartones y chapas, recibió la ayuda de amigos del sacerdote. Unos pusieron dinero, otros su saber de arquitectos, albañiles, etc. Comenzó a surgir, en un terreno llano y no húmedo, un trazado de calle con un puñado de pequeñas parcelas donde se levantarían unas viviendas de bloques; unos cimientos suficientes, y el moverse de algunos de los habitantes para trabajar en la construcción. Las casitas serían para los primeros que las quisieran y aportaran su trabajo. Se prometían más viviendas en una segunda fase. Se organizó todo a buen estilo cooperativa. Creció la expectativa. Pronto, al pasar por el bus, ya se distinguían las incipientes casitas blancas.
Bastantes personas quisieron que también el sacerdote tuviera mejor casa. Pero él no quiso que le construyeran una nueva. Sencillamente, arregló un antiguo y destartalado caserón, cerca de las nuevas casitas, y allí se fue a vivir con un grupo de varios adolescentes y jóvenes que habían perdido a su familia. Había que sacar adelante a aquella «muchachada» y prepararles para otros horizontes de familia y de trabajo. Transcurrieron los años, aquel sacerdote no se alimentaba bien, descansaba poco... Aquel hombre de Dios, valiente, sencillo, preparaba cada noche sus desvelos, y a la hora más imprevista le llamaban porque habían detenido a alguno, habían herido a alguien, otro estaba enfermo... Él acompañaba a quien fuese, a cualquier hora, al hospital; o iba a la comisaría a interesarse por algún detenido e interceder; o buscaba por las calles a otro caído o perdido... En todos los lugares le conocían y sabían de su capacidad de luchar en cada situación.
Algunos lunes venía a comer a nuestro noviciado, descansaba con una siestecita, leía, oraba, celebrábamos la Eucaristía, y al atardecer regresaba a «su lugar». Nosotros quedábamos empapados de su ternura y de su mansedumbre, de la cadencia paciente de su amor y fidelidad a aquellos sus «amigos marginados».
Su salud sufrió muchos deterioros. Cuando su edad podía haber empezado a llamarse avanzada, le invadió el cáncer. Los últimos meses los vivió en el hogar sacerdotal. Las visitas de todo tipo de personas eran constantes. Él siempre acogía y agradecía. Falleció consumido, todo entregado. Nada había retenido para sí.
Camino del cementerio, fuimos conmovidos por una enorme procesión de aquellos que tiraban a mano de sus carritos. ¡Tantos que fueron amados por él hasta el extremo! Calles grandes y pequeñas de la ciudad se enteraron de que era un adiós, y a pleno día el cortejo silencioso llenó de respeto y de paz –ningún miedo a nadie– el aire que a todos se nos ofrecía respirar.
El «barrio» siguió desarrollándose. Otros sacerdotes y religiosas siguieron en él, o fueron a vivir allá por primera vez. Nada ha borrado el recuerdo de aquel sacerdote de sonrisa afable, cuerpo frágil, empeño ayudador, paso lento y su siempre llegar a cualquier necesidad. Este hombre vivió a tope, tuvo una vida plena, cuajada, lograda.
Por fin, al menos, este impacto: en su vida, se fue sintiendo atraído por los últimos, por los más últimos de aquella sociedad (tenían fama de delincuentes, maleantes, gentes de mal vivir, de los que cuidarse mucho y no confiar). Él los amó con su mirada y su acción cotidianas. Su mirada los bendecía y embellecía. Su mirada hacía valiosas sus personas. El sacerdote aprendió a mirar así gracias a muchas horas contemplando los misterios de la vida de Jesucristo, y de muchas horas recibiendo las miradas de aquellos y aquellas que se colaban en su vida para no ser maltratados otra vez. ¡Benditos esos ojos que Dios te dío; bendito quien te enseñó a mirar así! («La vida hay que mirarla con ojos bellos»: J. Juanas, sj)
Él fue padre, ayudador, consejero. Tenía una resistencia y una perseverancia muy especiales, curtidas de dejarse sobresaltar por las llamadas de esos y esas tan necesitados. Si pudo anunciar y denunciar, fue porque asumió el gran coste de renuncia que implicaba decir con la vida una verdad y no decir mentiras, ni disimular el pecado que albergan en su seno nuestras sociedades. No tenía miedo a las dificultades, aunque sí muchísimo respeto a cada ser humano, y a cada paso a dar. Ninguna frivolidad en su hablar, ninguna arrogancia; sí una extraordinaria capacidad de cargar con tantas vidas rotas. Pudo abandonar cuando todo era oscuro, y no lo hizo.
Se vivió atraído y sostenido por su Señor, que le hizo paciente, cercano, fuerte y tierno. Lo conformó a imagen del Hijo como defensor (“paráclito”) de quienes eran carne de sospecha, de acusación y de exclusión. Este hombre, sacerdote del Señor, luchó por besar y levantar la dignidad de muchos. Lo hizo acogiéndolos, buscándolos, y rescatándolos.
«El Señor ha hecho en mí maravillas.
Gloria al Señor»
- 2 -
«Y no sólo conmigo, sino con quienes me ayudan»: así se expresa ella, camino de los noventa años, viuda tras 61 años de matrimonio. De adolescente aprendió muy bien a coser de todo en un taller de costura. Se distinguía por una alegría y una sonrisa muy especiales. Dicen que parecía poder cargar con todo lo que viniese, y tuvo que hacerlo pronto, tras la muerte de su padre, como hermana mayor de bastantes hermanos. Su madre, menudita y frágil, trabajó muy duro por sacarlos adelante, incluso seleccionando trapos y otros enseres en un almacén de desperdicios.
Desde que se casó, joven, con aquel buen mozo, larguirucho pero tan apuesto, venido de varias guerras, vivió totalmente enamorada; no veía más que por él. Dispuesta a creerle siempre, a disculparlo siempre, a amarlo siempre, en la salud y en la enfermedad.
A ella, la salud física la tuvo frecuentemente en jaque; tenía varios frentes de enfermedad, algunos muy problemáticos; con el tiempo, se hicieron crónicas algunas enfermedades, especialmente agudas y severas en ocasiones. En el matrimonio, ella era la de «salud delicada». El esposo parecía tener fuerza e ímpetu para lo que fuera, incluso para comerse el mundo. Pudieron tener cuatro hijos, y sólo vive uno, que es religioso y sacerdote.
Una dolorosísima sorpresa para ella fue la emergencia de un inevitable diagnóstico acerca de la grave enfermedad psíquica de su esposo; ambos ya tenían los cincuenta años. Ella venía acumulando sufrimiento en silencio, pero tras el diagnóstico se le aclararon algunos «porqués» y se le oscurecieron con pesadumbre los «hacia dónde» y «hasta cuándo».
Las crisis de la enfermedad de él se sucedieron implacables durante más de treinta años. En algunas ocasiones, aquel hombre bueno, correcto, muy educado, pacífico y afable, generoso y desprendido, de especial sentido de la justicia y de la honradez que trae paz, se convertía en un desconocido, como al margen de su verdadera libertad, con reacciones extremas, agente de imprevisible sufrimiento cotidiano. Hubo épocas tan tremendas y terribles que hasta los más moderados le aconsejaron a ella que lo dejara. Ella auscultaba en su mente y en su corazón las posibilidades reales para hacerlo, sin creerse que tuviera que llegar el momento. Y no encontraba solución por la ruptura; ya fuera cuando su esposo estaba en alza, o transitoriamente equilibrado, o en baja, ella no veía claro ni honesto resolverse a abandonarlo. Además, su corazón lo seguía amando.
Ella, día a día, no sólo se hizo cargo de toda la situación con entereza y equilibrio, sino que se encargó de todas las consecuencias y cargó con él. El psiquiatra de él la aconsejaba y apoyaba y le reconocía su fortaleza psíquica, su aguante, su no revolver las heridas y su no darse trágicamente por ofendida. Otros muchos, religiosas, sacerdotes, vecinos..., la comprendían y animaban (y admiraban).
Vivieron en su matrimonio temporadas y momentos deliciosos, de enorme apoyo mutuo y de casi infinita ternura. Los buenos recuerdos insistirán aún en hacerse presentes. En ella, el agradecimiento se entremezcla con su sonrisa y con sus ojos vivos de esperanza. También el hijo ha vivido muchísimos momentos preciosos junto a ellos y guarda una memoria muy agradecida que aún no se imagina los frutos que le regalará.
Aquel hombre, superviviente de grandes guerras, rastreador de surcos entre minas anti-persona para llegar hasta los heridos de otro campo de batalla, falleció tras un enorme derrame cerebral por causa de una caída «tonta», que nadie se explica, en unas escaleras al borde de su casa. Sus últimos meses evocaron un calvario del que nada ni nadie parecía poder disculpar. Fueron para todos, y especialmente para ella, meses opacos, trituradores, espesos y agotadores. Ella decía con frecuencia: «Virgencita, no me abandones», y en otros momentos: «Sagrado Corazón de Jesús, en vos confío; que sea tu voluntad».
Meses después del fallecimiento de su esposo, ella estuvo muy enferma y fue rápidamente hospitalizada; cuando mejoró suficientemente, vivió una larga convalecencia de recuperación en un centro hospitalario dirigido por excelentes religiosas. Ella dice que en todos los lugares la han tratado exquisitamente. En el último tiempo, vive en una residencia de ancianos dirigida por religiosas, y ya es su casa para siempre; también estas «hermanitas» la tratan exquisitamente. Ella se siente abrumada por tan buen trato y dice que siente que «todo el mundo está deseandito de servirme». Nunca le había ocurrido esto, pues era ella la que siempre servía amorosamente a su esposo y a su hijo hasta desvelarse y desvivirse. Ahora, todo son detalles de sobreabundante amor para con ella, todo son delicadezas y atenciones..., y a ella le parece un derroche: «Yo no merezco esto...»; «No sé cómo retribuirlo...»; «Soy tan feliz...», le dice a su hijo, a otros familiares y amistades.
Quienes la visitan dicen sentirse reconfortados y mejorados por la espontaneidad de su fe, por la sencillez de su ternura, por la expresividad de su ánimo. Algunos dicen que es «una santita», y si ella lo escucha no puede dar crédito a que digan tales cosas, pues se siente pecadora, y lo que desea es pedir perdón y dar gracias («hay gente que irradia santidad sin saberlo, sin creerlo». «Santidad es testimonio de Jesucristo»).
En su historia de alegrías y sufrimientos, en su delicada salud, reconoce la mano de Dios. A Dios lo espera en todo. Con Dios repasa tiempos vividos y mana de su corazón inmensa gratitud y paz. Un día, el Señor le dará un abrazo definitivo, y ella se lo entregará todo. Habrá sido una vida lograda.
Por fin, al menos, este impacto: esta mujer se vive perteneciendo a Dios como el sarmiento a la vid. Ora diariamente con las lecturas de la Eucaristía. Y Dios le ha concedido una serenidad y una alegría que empapan a quienes la conocen. La fuente de ello es Él mismo, Bondadoso y Compasivo. Así lo vive ella.
Cuando expresa «cómo iba yo a poder imaginar esto...», ya no se refiere a tanto sufrir, sino a tanto cariño con el que tan esmeradamente la tratan por todas partes. Seguirá pareciéndole un derroche que ha de respetar, pues ella también desea tratar respetuosamente a los demás. Cuando su sensibilidad exquisita y realista le avisa, no duda en acompañar a quienes están más enfermos, más solos, o tienen menos visitas. Dios le ha concedido que no le falte una mirada que anima, ni una palabra que estimula.
«Como oyente de la predicación cristiana,
creo en la palabra capaz de cambiar el corazón, esto es,
el centro manantial de nuestras preferencias y actitudes...
una palabra que reflexiona con eficacia y actúa con reflexión»
(Paul Ricoeur).
- 3 -
Él es muy buen compañero. Religioso, sacerdote entrado en años... En su niñez correteó valles, altozanos, orillas de ríos y disfrutó de los árboles frutales. Su vocación religiosa fue cuajando a «tempo lento», al paso de su madurez. No le faltaron oportunidades ni ofertas apostólicas, que aprovechó y agradeció. Mantuvo gran confianza en Dios, y a lo largo de los años aprendió a no tener otro absoluto que Él. Su formación fue larga, honda, rigurosa, atenta a los movimientos del pensamiento, de los tiempos y de las culturas. Su sensibilidad, inteligencia y afectividad fueron preparadas para la prueba de las luchas.
Luchó en diversos apostolados, en tiempos difíciles y revueltos, demostrando ser cuidadoso y equilibrado. Cuando su congregación lo necesitó para la formación de sus hermanos jóvenes, nuevamente se entregó con generosidad y creatividad. En esos tiempos se le ahondó su capacidad de escucha; su corazón enraizado en Dios se hizo aún más libre y amplio. Él gustaba de escuchar y comprender lo más posible de cada cual. Paso a paso, los demás lo sentían cada vez más capaz y más genial; él seguía sintiéndose poca cosa e instrumento muy sencillo y limitado.
Se le iba estimando mucho por su vivencia de la vida religiosa, atravesada de realismo y entusiasmo («literalmente, “entusiasmo” significa sentirse arrebatado por Dios»). Sus intuiciones acerca de la vida consagrada traían aires nuevos y palabras nuevas. Sus reflexiones aportaban la fuerza de un gran encanto. Escuchándolo, se podían reavivar los deseos de un renacer, de un renovarse y revitalizarse creativamente para vivir desde Dios en cada mundo.
A la par que el crecimiento de su sabiduría, avanzaban unos fuertes dolores en importantes partes de su cuerpo, que minaban sus fuerzas y podían poner en entredicho su ánimo. Comenzó una larga marcha de sometimiento a intervenciones quirúrgicas; generalmente, entraba en los quirófanos confiando en algún resultado positivo para su cuerpo, y con frecuencia no lo experimentó. Se le fueron acumulando «dolorosas señales de identidad» en su alma y en su cuerpo que le habrán hecho gritar en el silencio y en la soledad. No habrá sido fácil. Doy por hecho que algunos privilegiados que lo conocen a fondo y lo aman entrañablemente habrán podido probar algo de su sufrimiento y ayudarle con algún consuelo oportuno.
De lo más consolador puede haber sido sentirle tan generoso, cuando podía haber estado «curvado sobre sí» por la desazón de no encontrar remedio; sentirlo tan airoso, cuando podía haber estado como apaleado por los tenaces y persistentes dolores; sentirlo tan escuchador y comprensivo, cuando podía haber permanecido replegado en su cansancio y en lo incomprensible de vivir así.
Se nos ha desvelado activo y bondadoso en ofrecer lo que es y lo que le queda, cuando su congregación y otros le piden sus palabras y escritos, aunque él podía mostrarse defensivo y huidizo. También se nos aparece generoso en el aquí y ahora de acompañar a tantos y tantas en sus discernimientos y crisis, aunque podría tener razones e inercias para reaccionar con distancia y prescindencia. Se nos aparece contemplativo en la acción y activo en la contemplación, puestos los ojos en el Señor más que en los incomprensibles fallos de su cuerpo o en los errores de otros.
Para bastantes personas sigue siendo un privilegio visitarlo, hablar algún rato con él, ser escuchados, recibir luz, ánimo y paz; y no digamos vivir con él...
Es un hombre de esperanza. Así ha sido cuando amigos íntimos han buscado para él otra intervención, otro remedio que alivie los dolores, si es que ya no es posible eliminarlos. Él se entregaba de nuevo, con sonrisa y sin maltratar su escepticismo ante otra aventura para su cuerpo. ¿Habrán tenido los médicos mala suerte con él, o él con ellos? En medio de todo ¿está el Padre identificándolo con su Hijo de este modo?
Por fin, al menos, este impacto: su capacidad de acogida, de escucha, de intuir lo que ocurre en lo profundo de quien se le abre, de ponerse un tanto en el lugar del otro, sintiendo lo que siente..., y así aconsejar con humildad. Todo esto, ejercitándolo de continuo en medio de dolores pertinaces.
De él aprendemos fe, «en su forma básica de “confianza”». Y el venir del Señor en las tempestades, aunque nos parezca «un fantasma» (las enfermedades y otras muchas realidades nos parecen fantasmas; tememos y gritamos, y el Señor viene en ellas). De él hemos aprendido una limpieza de corazón y una pureza que generan una existencia descentrada de sí mismo y contrarias a toda forma de repliegue.
Podría haber abandonado y haberse retirado de las pruebas, pero nos ha enseñado una centralidad de Dios en su vida y una fidelidad a cómo Dios habita, trabaja y sueña el mundo y nos quiere trabajadores con Él en su sueño.
* * *
Sugerencias y aprendizajes
Desde los impactos que estas historias produjeron y siguen produciéndonos hoy, podemos reunir unas sugerencias finales, unas ayudas y estímulos para nuestro aprendizaje.
a) Son personas que ponen el agradecimiento por delante. Creo que esto es lo más esencial. Es el secreto. A algunos les molesta la facilidad y sencillez con que dicen «gracias». Pero ellos agradecen en lo cotidiano, en la oración, en el examen de sus vidas, y están predispuestos a agradecer; incluso se anticipan a agradecer lo que pueda venir, pues saben que son olvidadizos... Desde este agradecimiento, en Él alimentan su esperanza y su seguimiento.
b) Son personas con decisión y determinación, que eligen. Así se nos muestran, y así, con valentía y audacia (con la parresía neotestamentaria), han afrontado los tiempos más difíciles. Dentro de su voluntad, alimentaron unos deseos claros, hondos, fuertes y grandes. Son personas que han enfrentado la vida con pasión, sin espectacularidad, con mínimo narcisismo, sin empantanarse, con la libertad de quienes quieren darse y quieren aprender a hacerlo. Personas de decisiones interiores tomadas con corazón firme. («Una persona decidida a amar puede irradiar una infinita bondad»: Hno. Roger de Taizé).
c) Son personas en un cierto «estado de vigilia» que mantiene despierto el deseo. Advertidos de lo fácil que es desubicarse de su «justo lugar de criaturas» agraciadas y, consiguientemente, acomodarse o ser pusilánimes o injustos. Convencidos de que hay que examinarse, corregirse y dejarse corregir, pedir ayuda y discernir.
d) La irrenunciable centralidad de Dios en sus vidas. Aunque cada uno con distinta formación espiritual, es incuestionable su preocupación y pasión por Dios. El Dios apasionado por el mundo, y cuya pasión está en el mundo. El Señor es para ellos su primera pasión. Por decirlo de un modo más completo: hablamos de pasión unificante y totalizante; quizá ellos no lo digan así, pero se viven enteramente en manos de Dios. Y se enganchan y articulan en los sueños de Dios (sabemos que esto supone un descentramiento de sí mismo que no tiene vuelta atrás). Se atreven a poner sus sueños en la dirección de los sueños de Dios. Y así han decidido vivir. «Quien vive para Dios elige amar. Asumir esta elección exige una vigilancia constante» (Hno. Roger de Taizé). Así son felices, y se muestran sinceramente alegres.
e) Para vivirse fundamentados en Él, cuidan su oración, que saben es siempre tiempo de Dios. En ella se introducen, respiran, se abandonan y logran discernir. A ese tiempo de Dios, al corazón de la Trinidad Santísima, se asoman como a un abismo, y lo esperan todo. Se atreven a agradecerle tantos «detalles» al Señor y a preguntarle diariamente: ¿Dónde estás, Señor, cómo vienes y estás en este rato, en esta jornada, en esta realidad? ¿Qué quieres? ¿Cómo te respondemos?
f) Han aprendido a servir viendo cómo otros lo hacen, y cómo se lo han hecho a ellos mismos. Son personas que saben que «principio requieren las cosas», y cada día han aprendido su ración de cómo servir sirviendo. Con el paso del tiempo, se les va notando una quintaesencia, un cuajar como personas de Dios. Ellos no hablan de esto; y si les abordamos con estos ecos, nos dicen estar aún muy inmaduros, que les falta mucho, y que nada podrían hacer sin la Gracia. A nosotros nos pueden parecer vidas «logradas» o a punto de serlo. Ellos se sienten tan mínimos e ínfimos, tan inadecuados instrumentos para las obras en que Dios trabaja... Él, «que no abandona la obra de sus manos» (Salmo 137,8), que inició su obra en ellos mismos, los llevará a plenitud.
g) Hay una quintaesencia de la que participan: la protopalabra «esto es mi cuerpo» (Karl Rahner). Esto resume a Jesús de Nazaret, el Cristo. Cuando estas personas hablan bien de Jesucristo, lo hacen en clave de «cuerpo entregado», entregando el suyo. Para ellos, esta generosidad es lo más elemental y sencillo: se les ha dado una vida y un cuerpo para entregarlo; «todo lo que hemos recibido es para entregarlo». Han ido integrando en su vida una abnegación por Cristo.
h) Decidieron que sí querían ser un canal, un cauce del Señor, cuando Él se lo pidió; ser sus portadores. Que Él pasara por ellos –atravesándolos– hacia otros. Sabían que eran cauces muy agujereados y agrietados, y aceptaron que Él los quisiera así, para ir hasta los rincones más últimos, donde su pueblo sufre indeciblemente. Son perdonados perdonadores, pacificados pacificadores. Del Resucitado les viene y les vendrá la fuerza. Así, han aprendido a resistir, permanecer, perseverar, no abandonar (la hipomoné del NT).
i) A la luz de estos testigos y de tantos otros, es verdadero que «hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos» (1 Jn 3,14). Estas personas han creído en el amor (1 Jn 4,16). Y sabemos con ellos que «sólo el amor es digno de fe» (H.U. von Balthasar). Podemos ser muy agradecidos con quienes nos «cuentan» historias de Jesucristo, viviéndolas en su carne y sangre. ¡Qué bien nos hacen...! Me gusta reconocerles como «personas eucarísticas» (Pedro Arrupe). Nos enseñan a ofrecernos y a servir, a consagrarnos, a bendecir, a alabar y a agradecer. Que la gratitud siga siendo nuestro impulso conmovido para el seguimiento del Señor «pobre, humilde y humillado».
«Para tener memoria agradecida nos ayudaría
“levantar acta” de tantas actitudes de entrega gratuita
como existen a nuestro alrededor
y que quizá no conocemos por pura miopía del corazón...»
Dolores Aleixandre,
«Siete verbos (elementales) de acceso a la Eucaristía»
Sal Terrae 83/5 (1995), p. 349.








