¿Feliz Navidad?
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Pedro José Gómez Serrano
Miembro del Consejo de Redacción de Sal Terrae.
Profesor de Economía Mundial en la Universidad Complutense. Madrid.
1. Campana sobre campana
Sólo por el hecho de haber colocado entre interrogantes el título del artículo, más de uno sospechará que voy a ponerme a escribir sobre las personas sin hogar, sobre el hambre en el mundo o sobre el conflicto de Afganistán desencadenado tras el múltiple atentado terrorista perpetrado en Estados Unidos. En definitiva, sobre ese cúmulo de sufrimientos e injusticias que padecen tantos seres humanos y que cuestiona, de raíz, el mensaje y la experiencia de alegría que asociamos a las fiestas navideñas. Pero no. Tampoco deseo explayarme repitiendo el ya tópico discurso de los “cristianos concientizados” sobre “el desaforado consumismo navideño que mata el verdadero espíritu de la Navidad”. Todo lo contrario, me encantaría invitar a redescubrir la profunda riqueza que existe en estas fiestas y a poner de relieve las posibilidades que abren para llevar a cabo una lectura creyente de la realidad de nuestra época. Desearía además desactivar el prejuicio de que los cristianos somos verdaderos aguafiestas y de que ponemos siempre “peros” a las ocasiones en que, como ocurre en las fiestas navideñas, se puede disfrutar a fondo de la vida. Yo, por mi parte, confieso que soy un fan entusiasta de estas celebraciones. Estos días me remiten a experiencias muy entrañables de la infancia y de la familia, a momentos muy felices vividos con los amigos y los compañeros de la pequeña comunidad a la que pertenezco, a la gozosa participación en las celebraciones de las parroquias de San Gerardo y San Benito, etc. Reconozco sin rubor que, aunque pronto cumpliré cuarenta años, todavía no he podido dormir de un tirón la noche del cinco de enero, por la emoción con la que espero los siempre sorprendentes regalos de los Reyes Magos.
Por otra parte: ¿es el consumismo la característica más destacada de estas fiestas como tantos lamentan? El asunto requiere un discernimiento muy detenido, aunque cabe apuntar una primera interpretación. Sinceramente creo que la historia nos ha pagado con la misma moneda con la que los cristianos habíamos abonado facturas del pasado. Como sabemos, el origen histórico de la Navidad se remonta a las celebraciones que distintas culturas del mediterráneo, en particular dentro del Imperio Romano, realizaban en honor del “sol invicto”, en los primeros siglos de nuestra era y coincidiendo con el solsticio de invierno. En los últimos días de diciembre, se produce la noche más larga del año y, a partir de esa fecha, el día comienza a ganar terreno a la oscuridad. El dios Sol, fuente de la vida en la tierra, salía triunfante en su batalla contra las tinieblas después de un largo periodo en el que parecía haber ido perdiendo su poder y energía. Los practicantes del culto a Helios realizaban esas noches peregrinaciones y hogeras que tenían un gran atractivo popular. La Iglesia utilizó una aguda estrategia de evangelización e inculturación al pasar a celebrar el nacimiento de Cristo “el sol que nace de lo alto” (Lc. 1, 78) precisamente en esas mismas fechas. Pero, si la comunidad cristiana bautizó, en su momento, una fiesta pagana, algo similar ha ocurrido en nuestra época. La religión triunfante en la actualidad, la del mercado y el negocio, ha “evangelizado” la fiesta cristiana de la Navidad, poniéndola al servicio de su anuncio salvífico.
Por el camino, los cristianos hemos ganado y hemos perdido algo. La fiesta ha mantenido una relevancia social que ya no tienen muchas otras y, a cambio, su significado religioso profundo ha quedado desdibujado. Contrasta este fenómeno con el de la Pascua que, salvo en la vertiente espectacular de las procesiones, no ha podido ser asimilada por los liturgos del comercio y ha quedado recluida al espacio interior de la vida eclesial. En definitiva, la sociedad postmoderna, firme promotora de las más variadas formas de disfrute, se encuentra mucho más a gusto en el clima navideño, aunque sea invernal, que en el de la primaveral conmemoración de la muerte y resurrección de Cristo. Efectivamente, el ajusticiamiento de Jesús nos recuerda el lado oscuro de la realidad y de la vida que nuestra cultura evasiva no desea reconocer y la resurrección nos sitúa en un horizonte de utopía y gratuidad absolutamente excesivo para la mayoría de nuestros conciudadanos. Frente a estos abismos de la existencia, las fiestas invernales de la Navidad poseen una tonalidad más benévola y, a primera vista, mucho menos conflictiva. En todo caso, más propicia para su encarnación en la cultura del bienestar que es la nuestra.
Pero acerquémonos a las Navidades con la mirada atenta de quien intenta profundizar en su misterio. Lo primero que llama la atención es que se trata de la mayor manifestación festiva del mundo occidental. En una sociedad que tiende a promover actitudes individualistas y que parece relativamente incapacitada para la expresión emocional, sorprende la multitud de gestos simbólicos que la Navidad desencadena y que proceden, a su vez, de una enorme variedad de tradiciones culturales. Un clima diferente envuelve los pueblos, las ciudades y a sus habitantes gracias a una multitud de circunstancias especiales que se sobreponen en un polifónico repicar de campanas sobre campanas: vacaciones infantiles, iluminación en las calles, escaparates llamativos, cruce de felicitaciones, etc. Se rompe, definitivamente, la monotonía del tiempo ordinario mediante una explosión de elementos cargados de valor festivo que inundan de novedad, esperanza y exceso la vida cotidiana.
Y, lo más significativo del fenómeno es que, estos actos, involucran a la casi totalidad de la población que, por lo demás, se encuentra muy dividida en el terreno de las valoraciones, las creencias, las cosmovisiones o las sensibilidades éticas y que raramente se siente partícipe de una comunidad humana común. Contribuyen a la creación de este dinamismo festivo con iniciativas diversas todo tipo de agentes sociales: los poderes públicos, las asociaciones de voluntariado, las empresas, los colegios, las Iglesias, los grandes almacenes y numerosísimas personas individuales. Como con ironía y agudeza señalaba la canción de Mecano Un año más, tomar las doce uvas la noche del treinta y uno de diciembre quizá sea la única actividad que realizan todos los españoles (y no españoles) simultáneamente y en un clima de comunión: “En la Puerta del sol como el año que fue otra vez el champagne y las uvas (...) Entre gritos y pitos los españolitos, enormes, bajitos hacemos, por una vez, algo a la vez”. Comparten la celebración de las fiestas navideñas personas con unas convicciones, actitudes y valores que pueden ser completamente diversos, pero que repiten esos días prácticas similares, poniendo de relieve la importancia de los ritos compartidos para poder vivir la fiesta humanamente. No se trata, pues, de la manifestación externa colectiva de una común creencia religiosa cristiana, sino la mezcla de una multitud de signos procedentes de distintos ámbitos que han ido sumando o conjugando sus significados hasta producir un verdadero acontecimiento social.
Una pregunta importante podemos hacernos para continuar nuestra indagación: ¿qué siente la gente al llegar la Navidad? Porque, hasta ahora, parecíamos suponer una coincidencia de prácticas y sentimientos entre todos los participantes, cuando lo cierto es, precisamente, lo contrario. Los jóvenes esperan, sobre todo, las vacaciones y las noches de baile, los niños los aguinaldos y los regalos, los mayores la visita de sus familiares, los adultos la paga extra y las cenas especiales, los creyentes la Misa del Gallo, los comerciantes “hacer su agosto” en pleno invierno.
No suele faltar, por último, una profunda ambigüedad en los sentimientos que todos experimentamos en estos días: las amas de casa desean y temen la cena de Nochebuena al mismo tiempo por el sobreesfuerzo que implica; los ancianos esperan el encuentro familiar aunque, muchas veces, éste no llegue a producirse o comporte reabrir las heridas de las ausencias y los recuerdos; las familias querrían reunirse en un clima de cariño, pero saben que ponerse de acuerdo sobre las fechas y los asistentes generará conflictos y que las rupturas personales se harán en ese momento más patentes; los jóvenes desean pasarlo bien a toda costa y, sin embargo, pueden verse acechados fácilmente por el ataque de la melancolía. No faltan los que esperan con fervor la llegada de estas fechas, pero tampoco quienes desean que pasen lo antes posible.
Ante esta pluralidad de situaciones y experiencias podemos interrogarnos sobre el significado actual de la Navidad en nuestro entorno. Al respecto, se me ocurren tres posibles interpretaciones que intentan inspirarse en la luz de la fe.
2. Y sobre campana una
Desde mi modesto punto de vista, la pervivencia y vigor de las fiestas navideñas en nuestras sociedades secularizadas tiene mucho que ver con los importantes valores antropológicos que ponen de manifiesto. Desde esta perspectiva, la Navidad puede interpretarse como una muestra de añoranza respecto a valores humanos que nuestro sistema social y económico ha olvidado o marginado por dar relevancia a otros. Esta venganza de lo reprimido podría ser una ocasión propicia, aunque no fácil, para la evangelización.
Aunque sólo sea a título de ejemplo, intentemos recordar alguna de estas realidades que los seres humanos tienen que desarrollar en alguna medida para no ser presa de un estado de radical alienación. Queremos captar la campana de humanización que resuena detrás de tantas campanas como redoblan en estas fechas:
a) La dinámica del regalo y la sorpresa. De una forma generosa y hasta compulsiva los habitantes de las sociedades económicamente desarrolladas nos esforzamos en esta época por hacernos regalos mutuamente, intentando siempre sorprender con algo que llene de ilusión a los destinatarios. Disfrutamos por adelantado con la cara de admiración y alegría que imaginamos pondrán nuestros seres queridos al abrir los paquetes. Pocas cosas proporcionan mayor dicha que poder hacer felices a los que nos rodean, aunque ello conlleve siempre cansancios, desvelos y preocupaciones. Si los Reyes Magos o Papá Noel traen presentes a los niños de la casa se puede observar el milagro de la gratuidad y del agradecimiento espontáneo de un modo verdaderamente excepcional Y es que vivimos en una cultura que ha absolutizado el trabajo, el esfuerzo, el mérito, el ahorro, la contabilidad, el cálculo coste-beneficio, lo útil, la contraprestación, el contrato, etc. Y que, equivocadamente, confunde como decía Antonio Machado el valor de las cosas con su precio. Esa lógica, verdaderamente útil para mover el mundo de lo económico ha invadido demasiadas esferas de la vida humana, personal y social, hasta hacernos olvidar que las cosas más importantes de la vida “como el cariño verdadero” ni se compran ni se venden, ni se pagan en valores equivalentes, aunque inviten a entrar en una dinámica de desprendimiento y generosidad. Gratis hemos recibido la vida y la familia y el idioma y los amigos y tantos valores que nos constituyen como personas. Nadie nunca se “ha hecho sólo a sí mismo” y nadie puede pagar la factura de su vida sino, todo lo más, dar gracias por ella. Cuando se redescubre la alegría que puede ir asociada a la gratuidad, puede abrirse un camino para el descubrimiento de que la felicidad y el sentido pueden ser más fruto de la acogida de un regalo procedente del misterio amoroso último de la realidad que los cristianos llamamos Padre, que resultado de una conquista lograda sobre la base del esfuerzo y el tesón. Puede llegarse a caer en la cuenta de que los demás seres humanos son un don inmerecido para nosotros, así como nosotros para ellos. Por eso, a pesar de que el indudable derroche económico de estas fechas puede ser críticamente denunciado, no nos vendría mal recordar las palabras de Jesús a sus discípulos cuando estos murmuraban contra la mujer de Betania que le había regalado un caro perfume cuyo valor podía haber sido dado a los pobres: “Dejadla en paz; ¿por qué la molestáis? Es una buena obra la que ha hecho conmigo” (Mc. 14, 6).
b) La dinámica del encuentro afectivo y festivo. Con todos los líos, agobios, prisas y tensiones que genera la organización de los banquetes familiares, amistosos y de empresas de estos días, no cabe duda de que desempeñan una función esencial en nuestra existencia y que se encuentran en el centro mismo de los actos navideños. Sometidos, crecientemente, a la tiranía de unos horarios de estudio y trabajo incompatibles en el plano de la vida familiar y acostumbrados, cada vez más, a comer fuera de casa (y a veces sólos) en establecimientos de comida rápida, aún somos capaces de reconocer la enorme riqueza que supone la comida y bebida compartidas en un clima de cariño y alegría. Y eso que este tipo de banquetes requiere de nosotros un gran esfuerzo de preparación y la necesidad de mantener una actitud positiva hacia los demás comensales. Porque es cierto que “el roce hace el cariño”, pero no lo es menos que los “roces” generan también heridas. Y, con todo, no puede haber una verdadera celebración en solitario; sólo al juntarnos con otros podemos expresar verdaderamente el valor y consistencia de la vida. En tiempos de atonía celebrativa, sorprende comprobar la hondura que mantiene la comida en común, verdadera iniciación a la Eucaristía y máxima expresión simbólica de la fraternidad: los que son tan distintos, pueden comer juntos, sin excluir a nadie y disfrutando de la mutua compañía. Efectivamente, estamos llamados a compartir la vida a pesar de sus innegables dificultades y de la tentación permanente de pensar que “más vale sólo que mal acompañado”. La competencia entre los seres humanos o la persecución de los objetivos individuales aspectos que parecen caracterizar el dinamismo del “tiempo ordinario” son cuestionadas, al menos durante algunos días, en los que somos capaces de buscar un tiempo para el encuentro y colaborar en la preparación de “un festín de manjares suculentos”, anticipo del destino soñado por nuestro Dios para la familia humana (Is. 25, 6).
c) La dinámica de la buena voluntad y los deseos de paz y perdón. El tradicional realismo no exento de escepticismo que mantiene buena parte de la población habitualmente, deja paso durante las Navidades a expresiones de buenos deseos para las personas cercanas y para todo el mundo. Por un tiempo, las palabras agresivas, envidiosas, rácanas y resentidas se toman un descanso y permiten aflorar los mayores tesoros de nuestro corazón. Nos damos y les damos a los otros el beneficio de la duda. Confiamos en que, en el fondo de cada uno, hay siempre algo de bondad. La compasión, la comprensión o la misericordia ante las limitaciones propias y ajenas, que son tenidas por lastre durante la mayor parte del año, pueden expresarse y ocupar, sin vergüenza, su lugar en las felicitaciones navideñas, en los discursos de los gobernantes o en los brindis de las cenas familiares y empresariales. Y no se dicen esas hermosas palabras cínicamente, por rutina o por oficio, sino porque expresan secretos anhelos de buena parte de la familia humana que, en condiciones normales, resultan desmesuradas ante la cruda realidad de la injusticia y de los intereses que la sostienen, pero que son tan verdaderas que no pueden proscribirse por entero. Los sueños y las utopías pueden manifestarse sin rubor en estos días, a pesar de que en otras épocas del año sonarían, decididamente, a desvarío. En ocasiones se paralizan por Navidad las guerras y los ejércitos aceptan un temporal alto el fuego pero, sobre todo, muchas personas son capaces de quitarse la coraza con la que habitualmente defienden su corazón del dolor que genera el riesgo de amar, de esperar o de ser sensibles al sufrimiento ajeno. Somos capaces entonces de imaginar el mundo que nos merecemos, en lugar de resignarnos a aceptar el que tenemos. Y, sobre este humus, puede anunciarse la Buena Noticia del Reino y la convicción de que el Espíritu habita en todos los corazones, alimentando la esperanza de que, algún día, se cumplirán esos anhelos. Que llegarán unos cielos nuevos y una nueva tierra en los que abundará la paz y la justicia (Ap. 21, 1-4).
d) La dinámica de lo nuevo y la recuperación de la inocencia. La vida acumula un gran peso de cansancios o experiencias negativas y, con todo, la humanidad siempre ha aspirado a poder empezar de nuevo, a darse otra oportunidad, tanto a nivel individual como a nivel colectivo. Como vimos anteriormente, en el origen histórico de esta fiesta se encuentra esta imperiosa necesidad humana de recuperar la esperanza en que el “invierno” de la vida dura, dará paso a una “primavera” llena de frutos y flores. En parte, el sorteo de Navidad apunta en esta dirección pero, sobre todo, esta actitud se percibe más claramente en la fiesta de Nochevieja. “Año nuevo vida nueva” decimos y nos apresuramos a formular toda clase de buenos deseos para el nuevo año. Existe pues en muchos de nosotros el deseo de cambiar de rumbo, de iniciar algo distinto, manifestando nuestra esperanza ante la vida. Pero si no queremos caer en el voluntarismo o la magia, habremos de preguntarnos por el fundamento de la esperanza que, a pesar de todo, habita en nosotros, por la posibilidad real de obtener una reconciliación con los demás y con nosotros mismos, por la fuente de energía que nos permita de nuevo iniciar la aventura del amor y de la vida sin replegarnos ante los retos de nuestro camino. Ventanas todas ellas abiertas a la recuperación de aspectos esenciales del acontecimiento que los cristianos celebramos al recordar el nacimiento de Jesús.
De este modo, cabría reconocer que las celebraciones navideñas, tal y como acontecen entre nosotros, no son sólo manifestación de los intereses comerciales, sino una verdadera preparación a su sentido cristiano. Nos tocaría realizar, ciertamente, una mistagogía de esa experiencia compartida para poner de relieve su enorme hondura. ¿“Navideños anónimos” tendremos que llamar a nuestros contemporáneos? No lo sé. Lo que sí sé es que si a los seres humanos les robamos la gratuidad, la sorpresa, la fraternidad, el deseo y la capacidad de empezar de nuevo, les estaremos castrando las principales fuentes de la vida y el sentido, aunque naden en la abundancia material y tengan la agenda repleta de actividades.
3. Asómate a la ventana
Pero al acercarnos a mirar la realidad de nuestro mundo observamos también fenómenos que invitan a pensar la Navidad como un momento privilegiado de denuncia profética. Muchas personas, especialmente los jóvenes, experimentan durante estos días un profundo malestar, una suerte de vacío y de melancolía que pueden llegar a ser muy agudos. Todo alrededor invita o casi presiona hacia la fiesta y, sin embargo, el cuerpo de muchos se resiste a participar en ese viaje, hasta el punto que sólo recuperan la tranquilidad cuando las fiestas terminan y regresa, por fin, la cuesta de enero. ¿Cuál será la causa de estos sentimientos? ¿A qué dolencias apuntan estos síntomas? Aventuremos algunas hipótesis.
Una de las que me parecen más probables radica, precisamente, en el hecho de que bastantes personas se dan cuenta de que los valores y actitudes expresados en la Navidad son, en el fondo, un paréntesis en la lógica normal de las cosas. Constatan que los criterios que mueven el mundo (la cultura de la satisfacción en el capitalismo tardío) son antagónicos a los proclamados por la Navidad y que, éstos, aunque capaces de crear un clima cálido, venturoso y esperanzado durante un breve periodo de tiempo, se encuentran desplazados u olvidados de manera habitual en nuestra sociedad. Y un valor que no se usa para resolver los problemas de la vida es, en definitiva, “un valor que no vale”. Lo que introduce una peligrosa sospecha de cinismo en la vivencia de la Navidad Más vale no llamarse a engaño, piensan unos, añorando una situación que no va a producirse por la implacable lógica del realismo. Algunos piensan con añoranza: ¡ojalá fuera cierto, pero no lo es! Otros, los más identificados con los valores pragmáticos vigentes o aquellos que carecen de la experiencia de amar y ser amados, protestan airados por las “tonterías” que se hacen y dicen durante estas fiestas.
Por otra parte, hasta el más sencillo de los seres humanos se da cuenta de otra enfermedad propia de estas celebraciones y que podríamos formular así: lo que sólo vale para algunos arruina la fiesta. Nadie puede estar verdaderamente alegre si sabe que otros han sido excluidos del banquete. A toda fiesta le corresponde una dinámica de apertura, generosidad e inclusión con pretensión universalizadora. Queremos compartir con otros nuestra alegría. Por eso, precisamente, en estas fechas somos más conscientes que de ordinario del sufrimiento que padecen tantos seres humanos, solos, enfermos, pobres, explotados, privados de libertad, sin cultura, en guerra, sin esperanza. Y aquí aflora la paradoja: estos buenos sentimientos que sintonizan perfectamente con el significado más evangélico de la Navidad, son al mismo tiempo, una denuncia de las sociedades opulentas que nos podemos permitir fastos y derroches al tiempo que nuestros hermanos de otras latitudes carecen de lo mínimo que su dignidad exige. Esta injusticia radical “amarga cualquier fiesta”, aunque puede ser también momento de gracia si a alguno le interroga y le abre al desafío de la solidaridad.
A otro nivel podemos preguntarnos: ¿no estará la Navidad, con la constelación de valores que manifiesta, denunciando de forma contundente los grandes mitos de nuestra sociedad? Porque lo cierto es que, en estos días, casi todos dejamos parcialmente a un lado la competencia y el trabajo, la autosuficiencia, la preocupación obsesiva por el bienestar, el sometimiento a la dictadura del tiempo que nos impide encontrarnos para escucharnos y hablar, el feroz individualismo, el pragmatismo, la actitud acaparadora, etc. Y, todo ello, nos abre a la riqueza de los valores más profundamente humanos que habitualmente ejercemos en menor medida. Desde esta experiencia, aunque sea temporal, se pone de relieve el patológico género de vida que hemos asumido colectivamente en el occidente desarrollado y que daña de raíz la convivencia humana, las posibilidades de crecimiento personal y la apertura a la trascendencia religiosa. No es mala cosa que al menos por un tiempo, cierto desasosiego o malestar nos invite a preguntarnos si no habremos equivocado el rumbo de la existencia.
Pero, quizás, la dificultad más radical que encuentran las personas más sensibles para introducirse en la dinámica festiva de la Navidad radique en la pregunta de fondo: realmente, ¿hay algo que celebrar si no somos capaces de creer de verdad y con el corazón que hace 2000 años se produjo el acontecimiento más asombroso de la historia: el nacimiento de Jesús, a quien los cristianos reconocemos como el Hijo de Dios, el Dios con nosotros, el Dios hecho Hombre? Porque es este acontecimiento es el que da sentido y fundamento a todos los valores expresados por la Navidad. Los más lúcidos se dan cuenta de que, a pesar de que los gestos, las luces y los escaparates brillen en la noche, a pesar del éxito exterior de todo el montaje, el alma de la Navidad en nuestras latitudes puede estar muriéndose de frío al haberse vaciado su verdadero sentido. No sería de extrañar ya que la sociedad audiovisual y del marketing se caracteriza por dar más importancia a la apariencia que a la sustancia, a la imagen que al contenido, a la superficie que a la profundidad. Quizá la abundancia de signos externos intente ocultar o compensar un vacío de fondo propio del suave nihilismo que caracteriza de nuestro tiempo. Vacío que al aflorar en estos días tan especiales empuja a muchos jóvenes (y no sólo a ellos) a divertirse frenéticamente buscando, no la manifestación de una gran alegría sino, directamente, alguna forma de olvido y evasión.
4. Verás al Niño en la cuna
Llegamos, de este modo, a la necesidad de redescubrir el verdadero sentido de la Navidad como Buena Noticia, para poder abrirnos a él y disfrutarlo.
Durante años, al leer los relatos de la infancia, hemos hecho hincapié en las distintas actitudes de los que acogieron a Jesús porque le reconocieron como salvador (pastores o magos) y los que le rechazaron porque veían en él una molestia o una amenaza (los habitantes de Belén que no ofrecieron alojamiento a José y a María o el rey Herodes). Pero hemos de caer en la cuenta de que casi nadie se enteró del acontecimiento porque estaban dormidos y porque toda la escena ocurrió en un lugar perdido de Palestina. Esta es una imagen que se adecúa perfectamente a la situación de la mayor parte de nuestros contemporáneos, por lo que se refiere a su capacidad para descubrir la presencia de Dios en el mundo. No es fácil ver al Niño en la cuna y descubrir en él la cercanía amorosa de Dios. Eso no encaja en nuestras expectativas.
Surge así una primera constatación: para poder celebrar la Navidad hay que adoptar unas determinadas actitudes que, cada vez, van siendo más difíciles de asumir para los que vivimos en las sociedades ricas. Sólo pueden celebrar verdaderamente la Navidad los que son pobres, los que son como niños, los que mantienen la fe. Sólo ellos constatan, cada día, que no pueden darse plena respuesta a sí mismos, sólo ellos pueden comprender que la alegría y la dicha nos vienen sobre todo de regalo, sólo ellos pueden mantener la capacidad de asombro, sólo ellos esperan y necesitan un salvador. La sociedad de los ricos, de los “realistas”, de los escépticos siempre se preguntará: ¿Cómo va a ser posible que un niño recién nacido vaya a cambiar el curso de la historia? Y es que, ya se sabe,: “Vino a su propia casa y los suyos no le recibieron. Pero a todos los que lo recibieron, los que creen en su nombre los hizo capaces de ser hijos de Dios” (Jn 1, 11-12). Ésta es la enorme noticia que todavía llena de alegría a todas las comunidades cristianas del mundo al llegar la Navidad.
¿Podríamos, en segundo lugar, intentar resaltar algunos aspectos que hagan especialmente relevante el misterio del nacimiento del Señor Jesús para nuestros coetáneos? Enunciemos, muy brevemente, cuatro Buenas Noticias que se encierran en el acontecimiento único de la Natividad y que estamos invitados a anunciar con alegría y valor en nuestro entorno.
a) En contra de lo que sienten tantas personas en nuestro mundo, la Iglesia no puede dejar de proclamar que no estamos sólos. No estamos “dejados de la mano de Dios”, Él “ha plantado su tienda entre nosotros” porque nos ama. Por eso Jesús recibe el nombre muy significativo de Enmanuel (Dios con nosotros).
b) Más aun. Podemos estar convencidos de que también hoy Dios quiere encarnarse en cada uno de nosotros. Ese ha sido permanentemente su deseo más íntimo. Esa es nuestra más profunda vocación. ¿Encontrará en nosotros la apertura al Espíritu y la disponibilidad que encontró en María?
c) Quizá la actitud que más urge cultivar en Navidad en nuestra época sea la de la acogida. Según el testimonio sorprendente del Nuevo Testamento, Dios se acerca a nosotros en el prójimo que pasa dificultades. No hay forma de celebrar la Navidad que no pase por el esfuerzo en dar la mano a todos los excluidos.
d) Para nuestra sorpresa, Dios prefiere estar y nacer en lo pequeño, en lo pobre, en lo humilde. Y esta es una clave para la vida cristiana. La auténtica celebración de la Navidad así como el descubrimiento de la oscura presencia de Dios en nuestro mundo estarán siempre lejos de la espectacularidad y del derroche.
Por eso, para aquellos que han descubierto el sentido profundo de estas fiestas, para los pobres y los sencillos, para los niños y los que se hacen como niños, para todos los que mantienen la llama de la fe y de la esperanza, para todos los hombres y mujeres de buena voluntad que pueblan nuestro querido planeta cabe decir un año más: ¡FELIZ NAVIDAD!








