de la pastoral sociológica a la pastoral distintiva
| Recursos - Fraternidad BoaXenTe |
Carles Marcet, sj* Sal Terrae 94 (2006) 885-899
1. Cosas que pasan. Planteamiento del problema Nos encontrábamos aquel domingo de Mayo ya preparados para celebrar la primera comunión de un grupo de niños y niñas que habían pasado, junto con sus padres, por un proceso de dos años de catequesis. El templo estaba a rebosar. Faltaban cinco minutos para empezar. Los catequistas andaban muy nerviosos, porque faltaba por llegar un niño con toda su familia. En esto que llaman al teléfono de la parroquia. Es la mamá del niño. Me dice: «Padre, los tíos que vienen del pueblo acaban de llegar; se les ha retrasado el tren, pero usted no se preocupe que nosotros iremos directamente al restaurante».
En otra ocasión, en una boda, cuando me disponía a bendecir los anillos de los novios, se me acerca el fotógrafo con cierta premura y me susurra al oído: «Padre, apártese un poco, que si no, no sale bien la foto». También a propósito de la preparación para el matrimonio, después de haber realizado en grupo las sesiones de formación prematrimonial, donde se abordan, en un grupo dirigido por un matrimonio ya más rodado, cuestiones relacionadas con la vida matrimonial (sexualidad, afectividad, amor y psicología de la pareja, dimensión social, educativa y creyente del matrimonio, etc.), y preguntándoles a las parejas qué les había parecido, una de ellas comentó: «Yo me pensaba que aquí hablaríamos de las cosas más importantes». Sorprendidos, le preguntamos: «¿Y cuáles son esas cosas importantes de las que no hemos hablado?». Contestó: «Pues cuántas flores se ponen y dónde, cuántos fotógrafos puede haber; etcétera». Y en otra ocasión, ya a la hora de preparar la ceremonia con la pareja, me vienen con la madre de ella, un tanto preocupados. Resulta que el vestido de la novia llevaba una especie de corsé tan ancho que no pasaba por el pasillo central del templo, y pretendían que desplazáramos todos los bancos para que pudiera pasar con comodidad. O el caso de aquella chica que me confesaba: «Mire, padre, yo voy a casarme por la Iglesia, porque por una vez en la vida quiero entrar por la puerta grande»... En los encuentros de formación de padres y padrinos para la celebración de los bautizos, es fácil y bastante común encontrarte con argumentaciones de este tipo para justificar el deseo de bautizar a los niños: «Hombre..., no se va a quedar moro; hay que cristianizarlo»; «Lo queremos bautizar porque es lo normal, porque siempre se ha hecho así». Y después de las sesiones, al abrir la tanda de preguntas y aclaraciones, éstas no suelen pasar de si el cirio ha de ser más grande o más pequeño, de si lo ha de llevar el padrino o la madrina, o si pueden traer agua del Jordán para el bautismo, y también –¡cómo no!– la pregunta por «cuánto vale el bautismo». Amén de todo esto, no es infrecuente encontrarse al final del templo, después de estas ceremonias sacramentales, latas vacías de coca-cola o bolsas de patatas. Tampoco es infrecuente enterarse de familias que han tenido que recurrir a hipotecas para pagar el vestido y la fiesta en el restaurante, ya sea a propósito de una boda o de una primera comunión. Y no digamos parejas y familias que abiertamente te sueltan aquello de que «nosotros no somos practicantes –es una manera de decir “no vamos a misa” o, más duramente si se quiere, “los asuntos de la Iglesia nos importan un pimiento”–, pero creemos en Dios». Y cuando rascas un poco más en eso de que «creen en Dios», suele aparecer aquella formulación de que «algo tiene que haber...». Todo esto que puede parecer un simple anecdotario, pero es también un reflejo, expresado con cierto humor, de un malestar más profundo que vivimos quienes nos encontramos plenamente involucrados en la pastoral sacramental. Son muchos, y cada vez más, los sacerdotes, catequistas o formadores de parejas para el matrimonio que se preguntan si, en el fondo, no estamos más que colaborando con una especie de «funciones sociales» con un baño o revestimiento religioso, donde lo religioso es puramente la «ocasión» para lo realmente importante, que es el festejo social o familiar. O si tales celebraciones no tendrán más de folklore que de expresión de una fe sentida en comunión y comunidad. O si, simplemente, se puede considerar, con un mínimo de honestidad y veracidad, que en tales celebraciones lo que acontece es precisamente un «sacramento», y lo que celebramos es el reconocimiento agradecido del amor de Dios que se hace presente en nuestras vidas, mostrándose incondicionalmente a nuestro favor. Igualmente nos preguntamos cada vez con mayor perplejidad, al ver la parafernalia que se produce en torno a estas celebraciones (banquetes, vestidos, fotógrafos, flores, libros de primera comunión, regalos, invitados que por primera vez ponen sus pies en una iglesia, gastos de todo tipo...), si realmente lo que allí se celebra tiene ya algo que ver con el deseo de acoger la gracia de Dios para vivir la vida en seguimiento de Jesús y en el empeño por la construcción de su Reino. En fin, nos preguntamos si ese tesoro que es la gracia de Dios que se nos ofrece a sí mismo siempre, pero de un modo muy especial en aquellos momentos señalados de nuestra existencia, puede ser celebrada sacramentalmente de cualquier manera y sin unas determinadas predisposiciones; si eso no será algo así como desperdiciar el agua que brota de un manantial puro. O, si se quiere, más benévolamente, también nos preguntamos por aquellos resquicios de predisposición honesta y sincera que pueda haber en las personas que acuden al sacramento, por los cuales pueda penetrar la gracia de Dios y puedan dar pie a un encuentro saludable y benéfico para tales personas. La situación descrita y las preguntas que plantea, presentadas aquí someramente, simplemente quieren mostrar que hoy en día la pastoral en torno a los sacramentos es problemática. Esto no es algo nuevo, sino que venimos arrastrándolo desde hace bastante tiempo. Tampoco es ésta una afirmación novedosa y que pueda pillar por sorpresa. Más bien se trata de una constatación muy obvia. Pero también es cierto que nos vamos acostumbrando a vivir con esa y en esa obviedad. Y que tal vez empieza a ser necesario agarrar la problemática por los cuernos, dejar de sostener la táctica de esconder la cabeza debajo del ala, propia de quien no quiere ver (ya sea por pereza, por cansancio, por comodidad, por...), y preguntarnos, modesta pero sinceramente, si tiene sentido seguir favoreciendo una pastoral sacramental tal como hoy se practica mayoritariamente, o si es necesario y posible pensar una nueva orientación, una nueva praxis más acorde con los tiempos que vivimos y con la fidelidad al Evangelio de Jesucristo. Creo sinceramente que vale la pena el esfuerzo por configurar unos odres nuevos capaces de acoger el vino siempre nuevo. Creo, igualmente, que es una postura muy derrotista –y también cobarde– no abonarse a ese esfuerzo por temor a los conflictos que pueda generar. Por último, creo que ese esfuerzo vale la pena asumirlo con vigor e ilusión, de tal forma que el problema planteado no lo miremos como un peso abrumador, sino como un desafío: los problemas no sólo son obstáculos sino, sobre todo, retos apasionantes. A ese fin proponemos las siguientes consideraciones. 2. Diversas posturas ante el problema Básicamente, hay dos tendencias fundamentales a la hora de afrontar la problemática de la pastoral sacramental a la que hoy se enfrenta la comunidad cristiana. Aquí las presentaremos en sus formulaciones extremas, para así poder percibir más nítidamente los acentos de cada una de ellas1. Con todo, antes de presentarlas me gustaría dejar asentado lo siguiente: – cada una de ellas tiene «sus razones» y su parte de razón; ambas son sostenibles acudiendo al espíritu de los textos evangélicos, y, sin embargo, a ninguna de las dos, a nuestro modo de ver, puede otorgársele «toda» la razón; – tal vez por ello, tomándolas por separado, como si tuvieran la razón absoluta o la solución plena del problema que tenemos planteado, ninguna de las dos va a producirnos una sensación de satisfacción o consolación; – mientras que, intentando integrar lo más válido y razonable de cada una de ellas en un conjunto armónico, tal vez pueda aparecer vertebrado un nuevo camino –pequeño y discreto, sin pretensión alguna de ser considerado como «plenamente válido y configurado», aunque sí tal vez capaz de ofrecer senderos de esperanza– a recorrer desde el deseo y la convicción de una posible pastoral sacramental que deje entrever, más allá de ritos y costumbres medio sociales, medio religiosas, la manifestación del Misterio de Dios, que, desde su absoluta Trascendencia, se nos ofrece como vida y alimento en las celebraciones sacramentales para nuestro caminar cotidiano; – dicha integración, naturalmente, no significa una disolución en la mediocridad propia de una mezcla de componendas, sino la búsqueda de aquel punto donde el equilibrio es expresión, no de extremismo, sino de radicalidad. Punto este, el del equilibrista, siempre peligroso e inestable, pero también punto de encuentro hondo, de belleza, de comunión anhelada. Con estos supuestos, y dentro de la brevedad que el artículo nos exige, pasemos a presentar estas dos tendencias para, a continuación, buscar un camino de integración armónica. a) La primera postura es más rigorista Resumidamente, esta postura vendría a decir que, de hecho, recibir un sacramento pide previamente una opción de fe y una postura creyente por parte de aquel que lo solicita y lo desea. En el marco de nuestras sociedades occidentales, cada vez más descristianizadas, donde la dimensión religiosa de la existencia es relegada al ámbito de la privacidad y donde esta dimensión adquiere, cada vez más, formas muy diversas en las que, en una especie de ente confuso, se mezclan lo folklórico y lo esotérico, lo tradicional y lo íntimo, la convicción y la costumbre; donde, además, se ha movilizado toda una mecánica de comercio y negocio, derroche y consumo, en torno a las celebraciones sacramentales2; donde el rito que se realiza en la iglesia se ha visto poblado de «anexos periféricos con pretensión de centralidad» (vestidos especiales, fotografías, cámaras, flores...), al que además se ha añadido otro rito cada vez más sofisticado y elocuente en el restaurante..., se hace urgente y necesario un proceso de depuración, so pena de acabar desvirtuando del todo el sentido del sacramento como tal y reducirlo a pura anécdota u «ocasión para», y no poder quitarse de encima la impresión de que en tales eventos «lo cristiano» no es más que plato de segunda mesa, huésped de relleno de una celebración que tiene otras pretensiones primeras. Esta «depuración», en la práctica, significa un freno o una limitación del acceso a la celebración sacramental. Ésta es comprendida como la expresión celebrativa de la gracia de Dios conferida para sostener el combate de la fe que, en seguimiento de Jesucristo, busca en comunidad de amor y de esperanza la construcción del Reino de Dios. Desde esta perspectiva, sólo tendrían sentido una pastoral y una celebración sacramentales para aquellas personas decidas a sostener dicho «combate creyente». Se insistiría, por tanto, en una mayor preparación para el sacramento, en una mayor implicación en la comunidad cristiana y en la vida de la Iglesia y, en definitiva, en evitar la práctica demasiado habitual de «comprar y consumir» el sacramento allí donde «lo preparan y lo venden» –en las parroquias–, a ser posible «a bajo precio» (con el mínimo de cursillos y requisitos similares posible), como quien va a una tienda a comprar un objeto que precisa3. Esta posición puede sostenerse y buscar apoyo en algunas actitudes, gestos y palabras de Jesús, tal como nos lo refieren los relatos evangélicos4. Piénsese, por ejemplo, en la expulsión de los mercaderes del templo (Jn 2,13-22); en las recomendaciones misioneras a los discípulos, invitados a dejar aquellas casas donde no son bien acogidos (Mt 10,14-15); en la imposibilidad de Jesús de realizar milagros en su tierra natal, por falta de fe y por actitud de desconfianza hacia su persona (Mc 6,1-6); en la cuestión del verdadero parentesco de Jesús (Mc 3,31-35); en la entrada por la puerta estrecha (Mt 7,13-14); o en el caso del vino nuevo que no puede ser vertido en odres viejos (Mc 3,22)..., por citar sólo algunos ejemplos. Con todo, esta posición tiene también sus límites. Sobre todo porque, cuando te encuentras ante situaciones reales y casos concretos, resulta muy difícil, la mayoría de las veces, dilucidar quién tiene fe y quién no; quién la tiene en un grado suficiente como para acceder a la celebración sacramental, y quién para aprovecharse de la pastoral sacramental propuesta sin que ello sea un mero trámite a cumplir. Aparte de que resulta tarea imposible «medir la fe», es asunto que sólo compete a Dios. b) La segunda postura es más contemporizadora Rezaría más o menos así: aun reconociendo la veracidad y seriedad de las observaciones formuladas por la posición más rigorista, sigue quedando en pie que a nadie que venga a solicitarlo se le puede negar una pastoral sacramental que desemboque en la celebración del sacramento como tal. Por más que tales personas no participen de la vida y las luchas de la comunidad cristiana, por más que no hayan aparecido por la iglesia sino a propósito del sacramento que piden celebrar, por más que sea muy posible que, una vez celebrado éste, tampoco vuelvan a aparecer por la iglesia ni vayan sus vidas a cambiar sustancialmente ni a orientarse en una dirección más decididamente cristiana..., a nadie –salvo en casos muy flagrantes o excepcionales– se le puede negar la gracia del sacramento. Es más: vete a saber si una actitud de entrada acogedora y abierta por parte de la comunidad cristiana no podría ser como una puerta que se abre, como una primera siembra que a lo mejor fructifica, como una ocasión de desentumecer algo que estaba muy dormido en estas personas y que, a través de la pastoral sacramental y la celebración del sacramento, se despierta de pronto. Ante tal posibilidad, y reconociendo que, a fin de cuentas, sólo es Dios quien puede juzgar la disposición verdadera de las personas, es justo mantener una pastoral sacramental lo más abierta posible. Tal vez –seguiría esta postura– mirado con ojos humanos, lo que se prepara y celebra en estos casos no sea propiamente un sacramento –por más que también eso queda en manos de Dios–, pero sí puede ser fácilmente una oportunidad de evangelización, de dar a conocer la Buena Noticia de Jesús. Y tal vez de ahí se seguirá una adhesión más fuerte a Jesús y un compromiso mayor en su seguimiento en la vida de cada día. También esta posición puede sostenerse y buscar apoyo en algunas actitudes, gestos y palabras del Jesús que nos presentan los Evangelios. Pensemos, por citar unos pocos ejemplos, en la invitación a ser sal y luz en medio del mundo (Mt 5,13-16), en la llamada a no juzgar (Mt 7,1-5), en la impresión que sobrecoge a Jesús cuando ve la muchedumbre desorientada como ovejas sin pastor (Mc 6,34), en la profecía de Isaías referida a Jesús sobre el Mesías que no quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante (Mt 12,20-21), o en la parábola de la cizaña (Mt 13,24-30)... No cabe duda de que también esta postura tiene sus límites. Si el peligro de la primera postura era el de caer en un cierto «elitismo espiritual» que, como todo elitismo, corre el riesgo de degenerar en un puritanismo farisaico, a base de restringir el acceso a los sacramentos a aquellas personas verdaderamente comprometidas y creyentes, el peligro de esta segunda postura es, mas bien, el de acabar promoviendo una especie de «café para todos»; un café, además, un tanto endulzado para que sean más digeribles aquellas dimensiones propias del seguimiento cristiano más duras o conflictivas en un mundo como el nuestro. Si el peligro de la primera postura es el de «separar» en exceso lo «puramente cristiano» de lo que no lo es, el de esta segunda postura es el de «diluir» lo cristiano en medio de realidades a veces «demasiado humanas», de forma que esa dimensión cristiana de la propia vida acabe no dando sabor ni color a nada y convirtiéndose más en «reliquia de anticuario» que en «acicate para el futuro». Detrás de la primera postura subyace un decidido e irrenunciable empeño en preservar lo que se considera «fundamento cristiano», mientras que la segunda es más condescendiente con esa realidad humana, tan en boga en nuestros días, más tendente al relativismo y al «cruce de adhesiones». Así, la primera postura, llevada al extremo, sería la del «todo o nada», la del «hombre nuevo» que vive bajo la gracia y se despoja del «hombre viejo» sometido a la ley, y conduciría a una concepción de una manera cristiana de estar en el mundo donde se acentúa la contraposición con los valores dominantes del mundo. Por su parte, la segunda postura, también extremada, sería la del «siembra, que algo queda», la del «hacerse todo a todos», y su concepción de la manera cristiana en el mundo estaría más en la línea de una inculturación testimonial. ¿Qué pensar, pues, de todo esto? ¿Es posible encontrar un camino práctico, de equilibrio no diluido sino vigoroso, entre ambos extremos, cuyo recorrido pueda ser esperanzador para la pastoral sacramental? Antes de intentar responder a esta pregunta convendría retener algunas cuestiones fundamentales 3. Cuestiones a no olvidar Aunque sea telegráficamente, hay una serie de cuestiones clásicas que conviene recordar y tener presente a la hora de proponer algunos criterios de cara a una pastoral sacramental renovada. Son los siguientes. a) Prepararse para recibir un sacramento es disponerse a acoger la gracia que Dios ofrece de modo gratuito e incondicionado, cuando quiere y como quiere. Además de no poner obstáculos ni condiciones, lo nuestro es «disponernos a acoger» (o, si se prefiere, a «ser acogidos»). b) Esta gracia de Dios que se nos da en el sacramento ni es manipulable ni es barata. Que no es manipulable, significa que nosotros no la podemos forzar; no podemos obligar a Dios a que nos «alcance» allí donde nosotros queremos. Que no es barata, significa que «provoca algo» que, como en toda relación amorosa, va cambiando y transformando la vida de aquel que se deja alcanzar (Rm 6,3-10) c) Esta disposición a ser alcanzados por la gracia amorosa de Dios ofrecida en el sacramento, sin pretender manipularla ni empequeñecerla, es propiamente una disposición creyente. Es decir, pide fe en aquel que se dispone. O, si se prefiere, pide necesidad interior de ser alcanzado por esa gracia amorosa en la propia fragilidad. Sin esa fe, difícilmente podremos ser alcanzados por el milagro de la gracia. Ahora bien, esa fe –que en sí misma ya es un regalo que hemos recibido de Dios, una gracia– puede estar en nosotros abatida, sepultada, desconocida, ignorada, cuestionada, adormecida... Y también puede ser ayudada, despertada, «provocada», despabilada... desde el anuncio, desde la evangelización, desde la relación, desde la realidad hondamente escuchada, desde la conversación sobre el espíritu... d) Ayudar a la fe a que se disponga a acoger la gracia de Dios que se ofrece en el sacramento es toda una mistagogía que no termina en el sacramento. Es ayudar a descubrir: – el Misterio de Dios en el que vivimos, somos y existimos; una Presencia misteriosa que acompaña y envuelve nuestro caminar y que, cuando quiere y como quiere, asoma en diversas realidades y situaciones de nuestra existencia. Dicho con otras palabras, es ayudar a descubrir la estructura sacramental de la realidad misma, preñada de divinidad y perceptible desde una mirada que no pretende, concupiscentemente, atraparla, dominarla o controlarla, sino mas bien dejarla que se diga libre, porque al decirse libre tal vez nos invite a perseguir el Misterio que encierra en su hondura; – que este Misterio de Dios se nos ha dado y dicho plenamente como amor y gracia en la persona de Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado. Que, por tanto, Jesucristo es el sacramento más nítido y trasparente que Dios nos ha dado a conocer de sí mismo para entrar en relación con nosotros y encaminarnos hacia Él. Por eso la vida de Jesús es Buena Noticia para nosotros: su seguimiento nos va encaminando y acercando a Dios en todas las cosas; – que ese regalo de Dios, que es la manifestación de su Misterio dado en la vida, muerte y resurrección de Jesús, es propiamente lo que celebramos en los sacramentos concretos. Al celebrarlo, lo acogemos y nos disponemos a «perseguirlo» en nuestra vida; lo tenemos ya, pero no lo poseemos del todo; nos ha anticipado ya su plenitud a modo de aperitivo5. Y ello, además, aun siendo una tarea personal, lo hacemos en comunión con otros creyentes, en comunidad eclesial, ya que así lo hicieron desde el principio los primeros testigos de la resurrección; – que ese regalo de Dios nos es dado también en el sacramento para entrar en relación y comunión con Él en todas las cosas, y para que ello pueda ser también algo contagioso para otros con quienes convivimos. No es meramente un regalo para el «disfrute personal»; es un regalo para realizar y fortalecer una misión; es un regalo para desplegar en la vida6. 4. ¿Qué pastoral sacramental? Desde estas convicciones fundamentales, y entre las posturas que hemos esbozado, intentemos, pues, ofrecer de un modo modesto algunos criterios que puedan ayudar y «mover a esperanza» a una pastoral sacramental en nuestros tiempos. Una pastoral, además, que no sea sólo para un grupo de selectos y que tampoco banalice la realidad sacramental a base de abaratarla. Huelga decir que, al respecto, no hay recetas ni proyectos plenamente elaborados, y que estamos en camino y búsqueda constante. Lo que sigue, simplemente quiere ofrecer pequeñas pistas para orientarse en el camino. a) Como dice el obispo Pedro Casaldáliga, «yo he de preocuparme de las cosas de este mundo; la vida en el otro mundo es un asunto de Dios que Él resolverá muy bien. Ahora nos toca defender la vida y mejorarla»7. Aplicando este aserto a la cuestión que nos ocupa, podríamos decir que la gracia recibida en el sacramento es cosa de Dios, en la cual nosotros confiamos plenamente. Lo que nos compete a nosotros es defender y trabajar por una predisposición de las personas, de tal suerte que esa gracia de Dios no caiga en saco roto. En otras palabras, lo primero por lo que debería velar en nuestros días una pastoral sacramental estriba en posibilitar y/o acrecentar la búsqueda de sentido, la fe que se abre confiadamente y el deseo de caminar hacia la comunión con Dios, en aquellas personas que solicitan el sacramento. De esta manera se ayuda al sujeto a situarse en condición de ser alcanzado por Dios y por su gracia, y vivificado en ese encuentro. b) Esta oferta de ayuda a la predisposición personal, lógicamente es abierta y, en principio, es para todos los que vengan a solicitar el sacramento. Tal vez sea ésta la tarea más preciosa que podamos hacer los cristianos en seguimiento de la misión de Jesucristo: animar, facilitar y promover la posibilidad del encuentro del hombre con Dios. Y, con todo, esta apertura pide también «claridad», esto es, anunciar claramente «adónde vamos y a qué»: no vamos a cubrir un expediente de trámite para salir del paso pagando el menor peaje posible, sino que lo que ofrecemos a todos es algo de vital importancia para la existencia humana; algo que, poco a poco, puede ir transformando las propias vidas, dándoles un nuevo sentido y horizonte, sacándolas de miradas estrechas y pequeñas, etc. c) La oferta de la que hablamos es un proceso mistagógico; una ayuda a sumergirse en el misterio de Dios presente en nuestras vidas, para que esta presencia acompañante las vaya orientando. De hecho, este proceso dura toda la vida8. Desde una pastoral sacramental, ofrecemos modestamente iniciarlo, ponerlo en marcha, dejando que cada cual lo recorra a su ritmo, llegando hasta donde llegue. Incidiendo e insistiendo en que la celebración del sacramento como tal es un momento del proceso, pero no el momento último. Es posible que muchos se queden ahí. No importa. Lo que sí importa es que haya una oferta de seguir caminando después de la celebración del sacramento, ya vaya dirigida a los padres de los niños bautizados, a los niños que reciben la primera comunión y a sus padres, a los jóvenes que se confirman, o a las parejas recién casadas. d) Este proceso mistagógico no es la «transmisión de una doctrina». No es el catecismo de preguntas y respuestas, ni la charla que da el sacerdote a los padres y padrinos de los bautizos o a las parejas de novios que quieren «casarse por la Iglesia». Tampoco es meramente la «transmisión de una ética», del modo en que hay que comportarse, de los valores que hay que proteger, etc. Más bien es ponerse en una situación en la que pueda producirse el encuentro con Dios. Ello significa, por poner algún ejemplo, que en algún momento del proceso se puede ayudar a descubrir el sentido de la oración y a orientar sobre el modo de hacerla personalmente o en familia; o también a percibir qué se nos dice del Misterio de Dios a través de los signos cotidianos que percibimos en nuestra vida personal, en nuestra familia, en nuestro barrio y entorno, en los sucesos del mundo; o a entrar en contacto con determinadas personas del entorno o de la comunidad cuyas vidas, cada cual a su modo, se caracterizan por una honesta búsqueda y deseo de Dios en el espesor de la realidad cotidiana; etc. e) Como todo proceso, éste también pide su tiempo. No es una cuestión de aceleración, sino de cocinado lento. Aquí nos encontramos con algo difícil –dado el ritmo apresurado que la sociedad suele imponernos–, pero también irrenunciable. De cara a una pastoral sacramental que tenga este tono mistagógico, ya no valen preparaciones de bautizos consistentes en una charla de una hora, o cursillos prematrimoniales de tres sesiones, o procesos de preparación para la primera comunión en la que los padres de los niños aparecen tan sólo tres veces al año, sin recibir ellos mismos una preparación adecuada para ayudar a vivir en sus casas ese proceso al que se están despertando sus hijos. Si lo que se ofrece es grande –y así lo creemos–, la dedicación y predisposición para acogerlo también debe serlo. Y las renuncias que tal dedicación pueda suponer forman ya parte del proceso mistagógico e indican que para percibir el paso de Dios por nuestras vidas hay que darle espacio o tiempo; de lo contrario, «pasará de largo», sin que nos enteremos9. f) Lógicamente, iniciar un proceso así pide personas con capacidad para motivarlo y animarlo. Toda mistagogía pide mistagogos. Pero no deberíamos pensar únicamente en letrados o teólogos o sabios, en el sentido en que lo entiende el mundo. A juzgar por la experiencia de Jesús y de los primeros cristianos, hay una «sabiduría sencilla» que percibe con mayor nitidez y hondura el misterio de la presencia de Dios en la vida (Lc 10,21; 1 Co 1,26-29). Estoy convencido de que en nuestras comunidades y parroquias existen esas personas de sabiduría sencilla que, trabajando en equipo, son capaces de motivar y animar este proceso con un espíritu profundamente ilusionado y apasionado. Es importante, en este sentido, que sea toda una comunidad la que perciba la importancia y urgencia de ofrecer una pastoral sacramental de este tipo, y que la sienta propia aunque encargue la responsabilidad concreta de llevarla adelante a un equipo de personas. Equipo a mimar y cuidar mucho, de amistad y misión, que en sí mismo sea ya capaz de mostrar, aunque sea en vasijas de barro, el tesoro del que se sabe portador. g) De esta manera, las personas que piden recibir el sacramento, se ven, de entrada, acogidas por una comunidad y por un equipo de personas que, más allá del sacramento concreto, y sin más exigencia que la de la predisposición y el deseo, les invitan a recorrer un camino a través del cual pueda producirse un encuentro con Dios y una progresiva transformación de sus vidas, de su «mirada», de su «olfato», de su «corazón». Se precisan, por lo demás, gestos concretos por los cuales se haga perceptible, a los ojos de las personas, que son acogidas y acompañadas por una comunidad cristiana, por muy pequeña y sencilla que pueda ser10. 5. A modo de epílogo: «Llevamos este tesoro en vasijas de barro» Lo hasta aquí esbozado no son más que criterios que puedan ayudar al ejercicio de una pastoral sacramental renovada que, además, pueda generar una realista ilusión esperanzada, tanto en aquellos que la proponen como en aquellos que la solicitan. No es, ni mucho menos, un proyecto estructurado al respecto, cosa realmente muy difícil y que compete a la particularidad concreta de las diversas comunidades y parroquias, sino simplemente líneas de fondo para seguir profundizando. Es verdad que tienen un cierto carácter utópico, que a algunos puede incluso parecerles «soñador»; pero también es verdad que lo que está en juego por detrás de la pastoral sacramental es algo muy grande, y las grandes cosas piden ser afrontadas con miradas altas que apunten lejos. En cualquier caso, se trata de una aventura apasionante a recorrer. Tal vez de las mejores cosas que desde la Iglesia podemos ofrecer hoy a nuestro entorno: una ayuda para el encuentro sacramental entre Dios y las personas en todo el espesor de la realidad de la vida. Pretensión ésta muy alta y que, sin duda, requiere toda una nueva concepción de la estructura y la misión de las comunidades cristianas y parroquiales en nuestra sociedad, encaminada posiblemente en la dirección de células, tal vez no muy masificadas, pero significativas y con una fuerte interiorización de su razón misionera11. Por lo demás, y en contra de una postura tal vez excesivamente rigorista que ya hemos visto, estos criterios aspiran a que esta oferta pueda ser aceptada no sólo por personas «selectas». En el fondo, todos somos «vasijas de barro», igualados en nuestra condición común de fragilidad. A su vez, también aspiran, contra una postura excesivamente contemporizadora, a que tal oferta no acabe trivializándose y, en el fondo, vaciándose de su contenido nuclear. Porque lo que nos ha sido dado, y llevamos en vasijas de barro, es un tesoro; algo realmente valioso que no debería ser puesto en manos de quien, en el fondo, no lo desee.








