«Mientras tu Apóstol alienta a los que peregrinan».
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José Luis Vázquez, sj* Sal Terrae 94 (2006) 457-468
Historia y símbolos del Camino de Santiago
El Camino de Santiago, milenaria ruta de peregrinación, ha experimentado en las últimas décadas un inesperado resurgir que puede parecer sorprendente en una cultura «posmoderna» como la nuestra, aparentemente muy alejada de semejantes manifestaciones devocionales. Pero el Camino es un fenómeno complejo que no puede reducirse exclusivamente a la dimensión religiosa. Así, junto a las motivaciones espirituales, más o menos definidas, que impulsan a muchos de los que se han acercado y se acercan a esta experiencia, y junto a otros elementos más o menos espurios que se han ido incorporando en tiempos recientes (deporte, aventura, turismo alternativo, esoterismo...), es innegable la riqueza que el Camino atesora desde el punto de vista artístico y cultural, por la increíble sedimentación de historia y arte que en él se ha producido y que ha llevado a la unesco a declararlo «Patrimonio de la Humanidad» en 1993 (el centro histórico de Compostela había recibido ya ese honor ocho años antes).
En el presente artículo trataremos de asomarnos al riquísimo mundo del Camino, indagando en sus orígenes, recorriendo su historia y profundizando en sus símbolos, para tratar de comprender algo mejor la fascinación que continúa ejerciendo sobre los hombres y mujeres de hoy.
1. En los orígenes del Camino: Santiago y la leyenda jacobea
A nadie que haya hecho alguna vez el Camino con un mínimo de atención (especialmente si ha seguido el llamado «Camino francés») ha podido pasarle desapercibido el contraste entre las dos formas más comunes de representar al apóstol Santiago, que se encuentran abundantemente ejemplificadas, ya desde la Edad Media, en las numerosas iglesias y capillas que jalonan la ruta y en la misma catedral compostelana: por una parte, el aguerrido líder militar, a caballo y con la espada desenvainada; por otra, el humilde peregrino, mensajero del Evangelio de la paz.
a) «Santiago y cierra España»,
o la rentabilidad política de una leyenda
La idea de un «Santiago matamoros» nace algunas décadas después del hallazgo del sepulcro, a mediados del siglo ix. La leyenda cuenta que en la batalla de Clavijo (cuya historicidad resulta muy problemática, a juicio de los estudiosos actuales), estando los cristianos en situación apurada, el apóstol Santiago, después de aparecerse en sueños al rey Ramiro i, se dejó ver, a lomos de un caballo blanco, combatiendo con las huestes cristianas y ayudándolas a derrotar a sus enemigos. La asociación de Santiago a la lucha contra los musulmanes lleva a la consolidación del patronazgo del apóstol sobre los reinos hispánicos (indiscutido hasta hoy, a pesar del intento fallido, realizado en el siglo xvii, de sustituirlo por la recién canonizada Teresa de Jesús), así como a la institución del llamado «voto de Santiago», que hará afluir durante siglos pingües ingresos a la sede compostelana, hasta su abolición por las Cortes de Cádiz en 1812.
La imagen del «santo adalid»1 avanzando victorioso, espada en mano, entre los cadáveres de los enemigos vencidos, que tan embarazosa resulta para nuestros tiempos de diálogo interreligioso, se explica, evidentemente, atendiendo a las circunstancias históricas en las que surgió. Los pequeños estados cristianos del norte de la Península, y de modo particular el reino de Asturias, necesitaban, en su lucha desigual contra el poderoso emirato (después califato) de Córdoba, una figura que galvanizase los ánimos de los combatientes y legitimase el impulso bélico que más tarde vino en llamarse «reconquista».
Pero el hecho de que las circunstancias históricas hagan comprensible este «deslizamiento» no puede ocultar que se trata, realmente, de una deformación de la figura de Santiago, por la que el mártir de Cristo, dispuesto a beber el cáliz de su Señor, ha sido convertido en una especie de «matador por Cristo». Poco tiene que ver esta imagen caballeresca ni con el «Santiago de la historia» (el discípulo de Jesús, en lo que podemos saber de él a partir de los datos del Nuevo Testamento) ni con el «Santiago de la fe» (el santo que la Iglesia propone como intercesor y modelo para todo el pueblo de Dios)2.
b) «Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que anuncia la paz» (Is 52,7)
Por fortuna, frente a esta figura militar, encontramos también, a todo lo largo del Camino, una iconografía muy diferente. Es la del «Santiago peregrino», ataviado con el atuendo tradicional de los caminantes medievales: esclavina, bordón, calabaza... y hasta el amplio sombrero adornado con conchas de vieira. Santiago aparece aquí como un pobre peregrino, más acorde con la imagen del apóstol delineada en las páginas evangélicas3. Peregrino y protector de peregrinos4, mensajero del Evangelio de la paz, que, según la tradición, llegó hasta los confines del mundo conocido (finis terrae) para cumplir el mandato de su Maestro: «Id y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28,19).
Sobre la venida de Santiago a España no hay ningún indicio neotestamentario. Según el libro de los Hechos de los Apóstoles, Santiago fue ejecutado por orden del rey Herodes (Hch 12,2), siendo el primero de los Doce en derramar su sangre por Cristo. Por lo tanto, entre la resurrección del Señor y el martirio de Santiago en Jerusalén transcurrió un período de tiempo no muy largo (como máximo, una década, ya que sabemos que Herodes Agripa i murió en el año 44). Es, pues, difícil –aunque no imposible– que en ese breve tiempo el apóstol haya podido viajar hasta la lejana Hispania y desarrollar en ella una labor apostólica de cierta envergadura antes de regresar a Jerusalén.
La tradición sobre la predicación de Santiago en Hispania no está atestiguada antes de la Alta Edad Media5. Conforme a ésta, el apóstol (que en un momento de desaliento, según un desarrollo posterior de la misma tradición, fue confortado por la visita de la Virgen María) llevó consigo, a su vuelta a Palestina, a algunos de los discípulos que había ganado para Cristo en el lejano Occidente. Serían ellos quienes, tras su martirio, trasladarían sus restos hasta Galicia para darles allí sepultura definitiva. Después, el olvido descendió sobre su tumba, de la que se perdió completamente la memoria durante varios siglos.
2. El Camino en la historia
a) La «inventio» del sepulcro y el comienzo de las peregrinaciones
La historia, teñida de un cierto aire legendario, es bien conocida: a comienzos del siglo ix, reinando Alfonso ii el Casto, un ermitaño que habitaba en la soledad de los bosques gallegos, en las cercanías de Iria Flavia, observó unas extrañas luces en medio de la noche y avisó al obispo de Iria, Teodomiro, quien, dirigiéndose al lugar, encontró el sepulcro del apóstol. Informado del hecho, el mismo rey Alfonso acudió con su corte como peregrino y ordenó edificar una primera, sencilla iglesia, que sería sucesivamente modificada y engrandecida –en 1095, el papa Urbano ii trasladaría definitivamente la sede episcopal de Iria Flavia a Compostela–, hasta llegar a los esplendores románicos y barrocos de la actual catedral.
A medida que la noticia se divulga, comienzan a acudir a Compostela peregrinos procedentes de todo el mundo cristiano. Sobre todo después del año 1000, cuando el hundimiento del califato de Córdoba aleja del norte de la Península la amenaza musulmana, el flujo de devotos comienza a alcanzar magnitudes realmente notables6.
Se fueron configurando así las diferentes rutas de peregrinación, pues, aunque solemos hablar del «Camino», en singular, sería más preciso hablar de «los caminos de Santiago». Ciertamente, la ruta principal ha sido siempre el llamado «Camino francés», transitado por los peregrinos de la Europa continental (Francia, Italia, ámbito germánico...), los cuales, atravesando los Pirineos por los pasos de Somport y Roncesvalles, recorrían después Navarra, la Rioja y las llanuras castellano-leonesas, hasta entrar en Galicia por el Cebreiro. Pero existen también otros itinerarios menos frecuentados: el camino portugués, el «camino primitivo» astur (supuestamente seguido por el rey Alfonso ii cuando se descubrió el sepulcro), la Vía de la Plata o camino mozárabe, las rutas costeras a lo largo del Cantábrico, e incluso el «camino marítimo» de los peregrinos británicos, que desembarcaban en los puertos coruñeses.
b) Auge medieval y decadencia moderna
La época dorada de las peregrinaciones jacobeas va del siglo xi al xiii. La institución del jubileo compostelano por el papa Calixto ii (1118-1124), confirmada por Alejandro iii en 1179, hace que la afluencia de peregrinos sea aún mayor en los «años santos». En torno a la catedral-sepulcro se fundan monasterios, surgen hospitales, se asientan mercaderes, se trazan rúas... Y crece así una ciudad de granito que se convertirá en uno de los conjuntos urbanos más sugerentes de Europa: la «rosa de piedra», la Compostela relucinte en sete soles, / brilante como un altar, que evocaba el romance medieval de don Gaiferos. Un precioso estuche para las veneradas reliquias.
Pero el florecimiento económico y artístico no afectó solamente a Compostela, la meta del Camino, sino que se dejó sentir a todo lo largo de él. Muchas poblaciones nacieron o crecieron en torno al flujo y reflujo de los caminantes, y aún hoy hay muchas señales, desde la toponimia hasta la configuración urbana, que nos hablan del tiempo en que estas ciudades y pueblos vivían por y para los peregrinos. Hubo personas, como santo Domingo de la Calzada y su discípulo san Juan de Ortega, que se santificaron sirviendo a los caminantes (hospitalidad, construcción de puentes y calzadas...), y hubo también, como hoy, pícaros que se aprovecharon de ellos para enriquecerse, como denunciaba ya el Codex Calixtinus7, la más antigua guía del Camino de Santiago conocida8.
Además de la devoción por venerar la tumba del apóstol, otros motivos que frecuentemente impulsaban a los peregrinos medievales eran: hacer penitencia para expiar los propios pecados (en algunos territorios, la peregrinación servía incluso como satisfacción penal para ciertos delitos), especialmente en los años jubilares; cumplir un voto hecho en alguna situación de peligro (por ejemplo, un naufragio); o impetrar la curación de ciertas enfermedades. Recordemos que en aquellos tiempos la peregrinación era una empresa realmente sacrificada: el largo recorrido (el camino, a diferencia del actual, era de ida y vuelta) y los peligros de la ruta (lobos, bandas de salteadores, inclemencias climatológicas, malas condiciones higiénicas...) hacían que no pocos peregrinos murieran en el intento; de hecho, era habitual hacer testamento antes de partir.
El Camino fue, en este período de esplendor, un cauce de comunicación cultural inigualable, que permitió un trasvase continuo entre la Península y el resto de Europa. Gracias al ir y venir de los peregrinos, se difundieron entre nosotros fenómenos tan significativos de la cultura medieval como el arte románico, la poesía trovadoresca de origen provenzal (que influyó en el florecimiento de las bellísimas cantigas galaico-portuguesas) o el monaquismo cluniacense (portador del rito romano, que acabó arrinconando la autóctona liturgia «mozárabe»).
En el siglo xiv, la crisis general atravesada por Europa (Peste Negra, Guerra de los Cien Años, Cisma de Occidente...) hizo que comenzaran a declinar las peregrinaciones a Compostela. La reacción ante la Reforma protestante, con las suspicacias hacia todo lo que viniera de «ultrapuertos» y el cierre generalizado de España a la cultura europea, puso las cosas aún más difíciles. Y el golpe de gracia vino con la Ilustración y su crítica racionalista hacia este tipo de manifestaciones religiosas. Las peregrinaciones a Compostela se habían convertido, en el siglo xix, en poco más que un glorioso recuerdo, hasta el punto de que, según las crónicas, el 25 de julio de 1867 se encontraban en la ciudad del apóstol apenas 40 peregrinos.
c) El renacer del Camino: inconvenientes y oportunidades
De manera inesperada, en las últimas décadas del siglo xx, los peregrinos han vuelto a acudir a Compostela, y el Camino es hoy, decididamente, un fenómeno en auge9. Esto ha sido posible gracias al entusiasmo y la generosidad de muchas personas –entre ellas, los párrocos de diversas poblaciones del Camino–, grupos y asociaciones, quienes, de manera desinteresada (porque el Camino no era aún un negocio), abrieron albergues, recuperaron tramos, señalizaron rutas, publicaron guías... Después, vinieron el apoyo de las instituciones y la explotación comercial del Camino. Pero estoy convencido de que lo que más ha contribuido al renacer de la vieja ruta de peregrinación ha sido la «publicidad» hecha por los propios peregrinos. Quien ha tenido la suerte de experimentar la belleza del Camino no puede por menos de comunicar a otros lo vivido, y este testimonio entusiasta, «boca a oreja», atrae cada año al Camino a nuevos millares de personas.
La transformación del Camino de Santiago en un fenómeno de masas tiene, evidentemente, sus pros y sus contras. Como aspecto positivo, hay que señalar la posibilidad de que muchas personas hagan una experiencia que, a poco seriamente que se viva, transforma por dentro, enriquece y deja huella. Además, es innegable que la afluencia de peregrinos ha contribuido al renacimiento económico de algunas zonas rurales, creando puestos de trabajo y dando vida a aldeas que estaban a punto de quedar despobladas10.
Pero los inconvenientes son también numerosos. La masificación, con las apreturas que conlleva, dificulta una vivencia serena de la peregrinación (la última vez que quien esto escribe hizo el Camino, en agosto de 2004, había personas que empezaban a andar a las cuatro de la mañana, varias horas antes del amanecer, sólo para asegurarse de encontrar una plaza en el siguiente albergue). La creciente explotación comercial (hoy casi todos los alojamientos son de pago) pone en entredicho la hospitalidad, valorada tradicionalmente como uno de los elementos más preciosos del Camino. En fin, la pluralidad de motivaciones que se encuentran entre los «peregrinos» amenaza con diluir la identidad del Camino y convertirlo en un trivial itinerario turístico.
Una cuestión que me parece importante plantear, en este contexto, es la de la labor de la Iglesia en el Camino. Creo que la Iglesia institucional (diócesis, parroquias, monasterios, cofradías...) necesita discernir con cuidado qué tipo de presencia ha de tener hoy entre los peregrinos y en qué debe concentrar sus esfuerzos. Si en los años setenta u ochenta la acogida material de los peregrinos era un gesto necesario y significativo (porque en aquel tiempo nadie lo hacía), hoy la situación es muy otra, y cabe preguntarse si tiene sentido «competir» en este servicio con las instituciones políticas (ayuntamientos, gobiernos regionales) y con los cada vez más numerosos albergues privados.
Sí es, en cambio, una tarea insustituible de las Iglesias locales la atención espiritual a los peregrinos. Y esto, a mi modo de ver, en dos aspectos fundamentales. El primero, ayudar, a quienes vienen con una motivación cristiana explícita (que no son pocos), a vivir a fondo la dimensión religiosa de su peregrinación (con frecuencia, por ejemplo, he oído a peregrinos quejarse de que las iglesias en muchos lugares están cerradas, y no es posible detenerse a orar). Y el segundo aspecto, más importante aún: salir al encuentro de los numerosos caminantes «alejados» de la fe, para ofrecerles el tesoro del Evangelio.
Por muy confusas que puedan ser las motivaciones de la gente que hoy día se echa al Camino (y a veces lo son mucho), en la inmensa mayoría (lo digo por experiencia, tanto de caminante como de hospitalero) late algún tipo de búsqueda espiritual. Y, sobre todo, el Camino, por su propia dinámica, hace aflorar preguntas, despierta inquietudes quizá adormecidas desde mucho tiempo atrás, pone a la persona en contacto con lo más profundo de sí misma. Se trata, por ello, de una oportunidad única para un trabajo de evangelización, siempre que éste se haga desde la acogida, la escucha y el diálogo, no desde actitudes rígidas o impositivas. Me parece que, en este campo, la Iglesia que vive y trabaja a lo largo del Camino tiene un desafío importante para los próximos años.
3. Algunos símbolos del Camino
En este tercer apartado intentamos adentrarnos en alguno de los símbolos, antiguos y modernos, que caracterizan el Camino de Santiago, para ver lo que ellos pueden decirnos sobre el sentido profundo de esta experiencia singular.
a) Bordón y calabaza: el vestido del peregrino
El atuendo del peregrino de hoy, aparentemente, tiene muy poco que ver con el de los caminantes de antaño. Sin embargo, si bien se mira, no son tan distintos, y ambos comparten una importante característica: la reducción a lo esencial. Todo el que haya hecho el Camino sabe que conviene llevar encima lo menos posible. Una mochila ligera, en vez del antiguo zurrón; una cantimplora, heredera de la tradicional calabaza; una capa impermeable, en lugar de la «esclavina»; una gorra de visera, que hace las veces del viejo sombrero de ala ancha... Y, muy a menudo, el «bordón», el bastón, que, hoy como ayer, ayuda a mantener el paso cuando el cansancio se hace sentir.
Es sabido que «el hábito no hace al fraile» (y los textos medievales mencionan con frecuencia a falsos peregrinos que se «disfrazaban» de tales para sus fechorías), pero también es verdad que el vestido con el que nos presentamos ante los demás expresa mucho de lo que somos y de aquello a lo que aspiramos. Recordemos lo que significó para san Ignacio de Loyola, en los comienzos de su camino espiritual, cambiar sus ricos ropajes de caballero por el «deseado vestido» de los peregrinos:
«Y llegando a un pueblo grande antes de Monserrate, quiso allí comprar el vestido que determinaba de traer, con que había de ir a Jerusalén; y así compró tela, de la que suelen hacer sacos, de una que no es muy tejida y tiene muchas púas, y mandó luego de aquélla hacer veste larga hasta los pies, comprando un bordón y una calabacita [...] La víspera de Nuestra Señora de marzo, en la noche, el año de 22, se fue lo más secretamente que pudo a un pobre, y despojándose de todos sus vestidos, los dio al pobre, y se vestió de su deseado vestido, y se fue a hincar de rodillas delante el altar de Nuestra Señora; y unas veces desta manera, y otras en pie, con su bordón en la mano, pasó toda la noche»11.
Vestirse de peregrino, aunque sea con las zapatillas deportivas y la camiseta del caminante de hoy, expresa la disposición a asumir las dosis de sacrificio, esfuerzo y fatiga que toda peregrinación conlleva, incluso en nuestros cómodos tiempos de teléfono móvil y tarjeta de crédito. Y al cargar con la mochila y despojarse de tantas cosas superfluas como llenan su vida cotidiana, el peregrino se hace más libre para apreciar, gozar y agradecer las realidades esenciales de la vida, que le saldrán al paso a cada momento de la peregrinación.
b) Flechas amarillas: dejarse ayudar
Las flechas amarillas, que se han convertido en uno de los elementos más característicos del moderno Camino de Santiago, tienen, según parece, un origen un tanto casual. Don Elías Valiña, párroco del Cebreiro y una de las figuras claves en el renacimiento del Camino, comenzó a pintar algunas indicaciones en la ruta con la pintura amarilla sobrante, de la que se usa para señalizar las carreteras, que le habían regalado unos trabajadores. Su ejemplo cundió, y diversas personas y asociaciones han ido completando gradualmente la señalización del Camino por medio de este sistema.
Pintadas sobre los más diversos soportes (paredes, árboles, piedras, el asfalto de la carretera), las flechas son buscadas afanosamente por los peregrinos, pues sólo ellas permiten evitar uno de los riesgos más típicos del Camino: perderse. Encontrar la ruta correcta ha sido siempre una de las principales preocupaciones del caminante. Y aunque, gracias a Dios, extraviarse no tenga hoy las consecuencias trágicas que podría tener en la Edad Media, pues ya no hay lobos ni salteadores, a nadie le hace gracia añadir varios kilómetros a una jornada ya de por sí larga y fatigosa...
Las flechas amarillas nos recuerdan que el Camino de Santiago, como el camino de la vida, no podemos andarlo solos; que es solamente gracias a la ayuda de otros, visibles o invisibles, como nos es posible seguir avanzando. Caminamos sobre las huellas de otros peregrinos, y todo, desde las indicaciones de la ruta hasta el agua que bebemos, desde el techo bajo el que dormimos hasta el sol que nos ilumina, nos viene dado. Las flechas nos abren los ojos a la necesidad de recibir y de agradecer. Y, al mismo tiempo, sugieren al peregrino, homo viator, la importancia de buscar, en el camino de su vida, puntos de referencia, orientaciones, criterios válidos... Para no extraviarse, para no caminar sin rumbo.
c) Conchas de vieira: la memoria del bien recibido
Más allá de explicaciones esotéricas y de posibles vínculos con antiguos cultos pre-cristianos12, nunca satisfactoriamente aclarados, parece que la razón más probable de que la concha de vieira se convirtiera en emblema de los peregrinos a Compostela no es otra que la abundancia de este molusco bivalvo (pecten jacobaeus) en las costas gallegas, al igual que el ramo de palmera, común en la Tierra Santa, vino a ser el signo de los que habían peregrinado a Jerusalén13. La recogida y limpieza de las conchas naturales y la producción de otras artificiales, de plata o marfil, dio lugar a una floreciente actividad artesanal, de la que la toponimia compostelana guarda aún memoria en el nombre del barrio de «Concheiros».
La venera, que incluso el papa Benedicto xvi ha querido añadir a su escudo, identificaba a aquellos que habían hecho la peregrinación a Santiago cuando volvían a sus tierras, a veces muy lejanas. Para el peregrino era un recordatorio de la fuerte experiencia vivida en el Camino y de las gracias recibidas en él. Una función semejante cumple hoy día la «compostela», certificación expedida por el cabildo de la catedral de Santiago y que, en su cuidado latín eclesiástico, testimonia que el peregrino en cuestión hoc sacratissimum Templum pietatis causa devote visitasse.
El símbolo de la concha, por tanto, tiene que ver, sobre todo, con el regreso de la peregrinación. La bendición que se da habitualmente a los peregrinos en diversos lugares del Camino concluye pidiendo que «vuelvan a sus casas enriquecidos de gracia y de virtudes». Por su parte, Aymeric, al explicar la simbología de la concha de vieira14, dice que las dos valvas representan los dos mandamientos de la caridad (amor a Dios y al prójimo), y que la forma exterior de la concha, que recuerda los dedos de una mano, significa las buenas obras en las que debe perseverar su portador. Podríamos decir, pues, que, con concha o sin ella, si el peregrino vuelve a su hogar reconociendo el don recibido y fortalecido en su deseo de hacer el bien, la peregrinación a Santiago habrá surtido su efecto.








