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Acta Ordinis 2010/2

Directiones-Domorum

Hijos míos: salid al Mundo
con las antorchas en las manos;
colgad lámparas en los muros de las noches.
Donde hay hogueras,
plantad manantiales.
Donde se forjen espadas,
plantad rosales. 
Transformar en jardines 
los campos de batalla.
Abrir surcos y sembrar Amor;
plantad banderas de libertad
en la patria de la Pobreza
y anunciad que llega pronto
la era del Amor,
de la Alegría y de la Paz.

27 de Oct
Albergue Juan23

Punto de llegada: Dios, los pobres y la comunidad; o viceversa.

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17 Nov 2011

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Donde Dios te llame

En diálogo a la mesa de la comunión:

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Documentos - Santiago Agrelo

Santiago Agrelo:

“Diagnóstico: Enferma terminal. ¿Se puede salvar aún la Iglesia?” (H. Küng, en Religión Digital)

Ese diagnóstico alarmante para quienes amamos a la Iglesia se fundamenta en los siguientes signos: Crisis de la pederastia, crisis del diálogo dentro de la Iglesia, autoritarismo de los obispos, no se escucha al pueblo. “La gente dice: se nos está agotando la paciencia, queremos participar en las decisiones, también en nuestras parroquias. Queremos elegir a nuestros obispos, queremos ver a mujeres en los diferentes cargos, queremos que haya agentes de pastoral, hombres y mujeres, que sean ordenados/as sacerdotes. Son eslóganes y demandas que reflejan el descontento de la gente. De hecho, se ha producido un cisma dentro de la Iglesia entre los que, ahí arriba, piensan que pueden seguir actuando con el estilo de siempre y el pueblo y una buena parte del clero liberal.” (H. Küng, en RD)

H. Küng habla como un médico, pero a mí, que ni siquiera soy curandero, algo me dice que no hay proporción entre los signos de dolencia que él advierte en el cuerpo de la Iglesia y la enfermedad terminal que diagnostica. En realidad, no veo relación entre signos y enfermedad.

H. Küng es teólogo y, a su lado, yo apenas podría pasar por catequista, pero algo me dice que la Iglesia de la que él habla no es entidad teologal sino más bien institución sociológica, no es misterio divino sino devenir mundano, no es obra de la gracia de Dios sino apenas efecto de miserias humanas. La Iglesia añorada de H. Küng no se compadece con la Iglesia detestada de J. Ratzinger, enferma terminal ésta, soñada hermosa y saludable aquélla.

Me pregunto a qué Iglesia me refiero cuando en la oración suplico desde lo hondo de mi conciencia: “no mires nuestros pecados, sino la fe de tu Iglesia”. Yo, pecador, creía necesario apoyarme en la fe de la Iglesia al impetrar para sus hijos el don de la paz y de la unidad; pero ahora aprendo, sobrecogido, que es la Iglesia, enferma terminal, la que necesita apoyarse en mí para sobrevivir. Una nueva sabiduría nos ha alcanzado: no somos hijos de la Iglesia: somos su creador; la Iglesia no es de Cristo sino nuestra.

De ahí que, en esa nueva economía, lo esencial no sea ya el Espíritu del Señor y su santa operación sino nuestras convicciones, no ya la mesa de la comunión en el Cuerpo de Cristo sino la mesa de un diálogo entre ideologías, no ya la unidad de un pueblo adquirido para Dios por un crucificado sino la sumisión de todos a los imperativos de la cultura dominante.

Por mi parte, he de considerarme víctima de la vieja economía: La gracia de Dios me llevó a conocer en la Iglesia la libertad de la obediencia, el amor de Dios me llevó a gustar en la Iglesia el bien del servicio, el Espíritu de Dios me ungió para ser de Cristo en la Iglesia, Cristo me envió para evangelizar desde la Iglesia a los pobres. En esta experiencia de gracia me siento hermano de todos los hermanos en la fe.

Ahora, desde la gracia, desde el misterio, desde la obra de Dios, se hace posible hablar, no de una Iglesia enferma de cuya salvación dudamos, sino de un Iglesia viva, humana, reformable, herida por nuestros pecados, afeada por nuestras inmundicias, oscurecida por nuestras incoherencias, humillada por nuestras traiciones, y siempre santa, porque siempre amada.

El latín, que fue en la Iglesia lengua de comunicación durante muchos siglos, cuando dejó de serlo se transformó en instrumento de dominio de quienes lo usaban sobre quienes lo desconocían. Desde entonces dejó de ser la lengua del servicio litúrgico para ser de hecho la lengua del poder clerical.

En la teología sacramental se subrayó de tal modo la eficacia objetiva de los ritos realizados conforme a la norma de la Iglesia y por los ministros diputados para ello, que se olvidó la participación activa y consciente del pueblo de Dios en la acción litúrgica, y se llevó a los fieles, durante siglos, a practicar devociones humanas en los espacios más propios de la acción divina, devociones personales en los espacios más propios de la acción eclesial.

Por orgullo, los que en Cristo habíamos nacido humanidad nueva, amiga de la verdad, amante de la verdad, sedienta de la verdad –amiga, amante, sedienta de Dios- nos hicimos sus dueños, y regresamos al terreno de la religión, para ser entre todas, la única verdadera.

Nos encontramos en la situación, nocturna y equívoca, de Nicodemo, que saluda al Maestro Jesús de Nazaret con palabras que parecen dictadas por la sabiduría de la experiencia: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él”. Pero en realidad Nicodemo no sabe, pues el conocimiento que manifiesta tener, viene de abajo, no «de lo alto», viene de la carne, no del Espíritu, se adquiere por deducción, por estudio, por experiencia humana, no por nacimiento. Nicodemo no sabe y nosotros tampoco. Para saber de Jesús, es necesario nacer de Dios.

¡Es tiempo de amar! Alguien lo dijo así: “La Iglesia no tiene que juzgar a este mundo, sino mostrarle que es objeto de su amor incondicional… Su lenguaje tiene que ser cada vez más el del cariño y la misericordia”.

Lo escribí hace tiempo y lo expuse ante una asamblea conjunta de obispos y superiores mayores: El futuro del pueblo cristiano es Cristo. Sólo es cristiano quien es de Cristo, quien camina con Cristo y quien, bajo la acción del Espíritu Santo, es transformado en Cristo. Y este pueblo en camino y en proceso de transformación ha de ser necesariamente un pueblo con historia, un pueblo con memoria, un pueblo que necesita mantener viva esa memoria si quiere mantener definida su identidad. De ahí para él la necesidad de perseverar en la escucha de la palabra apostólica, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones. Es siempre un reto situar al pueblo de Dios en la historia de la salvación –seguimos ignorándola-, devolverle la memoria de los hechos de Dios –memoria sacrificada durante tanto tiempo a la virtud sagrada del latín-, y afianzarlo en la identidad que sólo esa memoria y esa historia pueden darle.

Éstas me parecen cuestiones fundamentales en una Iglesia viva, esperanzada, animada por el Espíritu del Señor.

Seguramente que se podrían señalar muchas y más necesarias líneas de acción para el futuro de la Iglesia, aunque yo las resumiría en un sencillo “devolver el tiempo a Cristo”. Lo dije en aquella misma asamblea conjunta: ¿Qué hemos hecho para que, al hablar de los cristianos, todos hablen de «cristianismo»? ¿Qué hemos hecho para que la vida cristiana se haya transformado en un sistema de «medios apropiados para realizar determinadas funciones»? ¿Qué hemos hecho de lo cristiano para que lo veamos reducido sin más a religión, a ideología, a sistema de ritos, a prácticas morales? ¿Qué hemos hecho los cristianos para que se pueda hablar de «in-creencia pos-cristiana» sin necesidad de que se haga pregunta alguna sobre Cristo? Añadía entonces: Los cristianos nos hemos ocupado demasiado de la Iglesia, de lo sagrado, de la religión, de la moral, de las instituciones, y nos hemos ocupado mucho menos de Cristo el Señor -el Resucitado que vive en nosotros-, del hombre nuevo que todos estamos llamados a ser en Cristo -una humanidad de hijos de Dios, bendecida para crecer y multiplicarse y extenderse por toda la tierra-. Mil voces más añadirían: Hemos desfigurado la encarnación del Hijo de Dios, hemos obviado su anonadamiento, su pobreza, su humildad, su predilección por los pobres.

Sólo si se conviene en lo fundamental, se hará posible, deseable, urgente y necesario, admitir a trámite lo circunstancial, lo relacionado con el tiempo en que vivimos, con la cultura a la que pertenecemos, con las legítimas aspiraciones del corazón humano. Entonces, en la mesa de la comunión, se podrá hablar de la mujer en la Iglesia, del celibato clerical, del lenguaje de la fe, del ejercicio de la autoridad en la Iglesia, de pecados y de utopías, de tristezas y esperanzas.

Fuera de la mesa de la comunión eclesial, sólo hablaremos de nosotros mismos.

+ Fr. Santiago Agrelo

Arzobispo de Tánger

 
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