800 años de Clara de Asís

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Santa Clara - Santa Clara

 

Una de las santas más queridas es, sin duda, santa Clara de Asís. Al cumplirse los 800 años de su consagración a Dios, en este 2012 ha sido proclamado un gran Jubileo.

Corría el año 1193. En un palacio señorial de Asís, ha nacido una niña a quien pusieron por nombre Clara y que sería una gran luz para la cristiandad. Después de una infancia feliz y piadosa, a los 18 años, fuertemente impresionada y atraída por el ideal de Francisco, quiso

seguir su vida de pobreza y abnegación, para lo cual huyó una noche, acompañada por una amiga, y se trasladó a Nuestra Señora de los Ángeles (capilla llamada de la Porciúncula), donde san Francisco y sus frailes la recibieron, con antorchas encendidas, para su consagración al Señor.

 

Santa Clara es la plantita de san Francisco que fue plantada en la ermita de San Damián, y cuyo fruto es la gran familia de las Hermanas Pobres (Clarisas) quienes, desde sus muchos monasterios, fundados por todo el universo, oran y se sacrifican por la Humanidad. La santa, día tras día, se miraba en el espejo, que es Cristo, y en abrazo amoroso se identificaba con el Amado y se iba transformando toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad.

Clara decidió e insistió constantemente en no tener nada. Y así consiguió del Papa Inocencio III, en primer lugar, y después del Papa Gregorio IX, el Privilegium pauperitatis , es decir, el Privilegio de no tener privilegios, algo totalmente inusual en aquel entonces.

Clara continuó viviendo su ideal y comenzó a poner por escrito lo que ya vivía. Redactó su propia forma de vida, basada en la Regla aprobada por los franciscanos.

Dos días antes de su muerte, postrada en la cama por enfermedad, llegó la confirmación y aprobación del Papa Inocencio IV de su forma de vida. Clara murió teniendo en sus manos la Regla que ella misma había escrito, siendo canonizada a los dos años de su muerte.

Clara es asidua en la oración y contemplación y, cuando volvía de la oración, su rostro parecía más claro y más bello que el sol. Y de sus palabras rezumaba una dulzura indecible, de tal forma que toda su vida parecía por completo celestial.

Si nos acercamos a Clara, vemos en ella, en su vida y en sus escritos, la continuación de aquel Pentecostés con el que el Espíritu comenzó a hacer accesible, a otras generaciones y en otros lugares, la misma buena nueva que obrara al comienzo de la Iglesia: Todos los oímos contar, en nuestras lenguas, las maravillas de Dios .

Con Clara, Dios ha seguido narrando y escribiendo su historia de salvación.

La contemplación y la vivencia radical de la pobreza evangélica son nuestros carismas, que vivimos con la fuerza del Espíritu en el silencio de la clausura en nuestro convento de Clarisas de San Diego de Alcalá, que os invitamos a conocer, orando juntas, como hicieron un día Francisco y Clara.

¡Jóvenes!, si estáis enamoradas de Cristo, ¡seguidle!

No tengáis miedo, dejadlo todo y decidle Sí al Señor.

Clarisas de San Diego. Art. Publicado en Alfa y Omega. 09/02/12

 

 
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